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Un país expectante

Llegará el día en que dejemos de esperar y no nos creemos más falsas expectivas. En que pensemos. El día en que no seamos más expectantes.
Editorial
El día en que no seamos más expectantes.
19 noviembre, 2019

Si hay algo que nos abarca a todos los argentinos es que somos un pueblo expectante. Vivimos de expectativas.

Somos expectantes porque siempre esperamos que otro haga las cosas. “Alguien tiene que hacer algo con la droga”. Ponele. Hacernos responsables; educar y acompañar a los hijos, no utilizar la violencia con ellos, te la debo. “Este país…”. Eso de “este país” como si no fuera el nuestro, es de nuestros abuelos. Ya fue. “Mi país” es lo que corresponde. Entiendo que los nonos no se sintieran tan argentinos. Después de todos, muchos vinieron para volverse. Pero nosotros? Soltemos, muchachos.

Los argentinos protestamos. Por todo. Y hasta ahí llegamos. Alguna vez metemos un cacerolazo. Pero si no, es charla de ascensor.

Como si las soluciones nos cayeran del cielo, no paramos de quejarnos, casi nunca. Y lo peor: creemos que esas soluciones arribarán en algún momento, solas. Seguimos creyendo que las cosas se arreglan por arte de magia. Nos prometen magia y creemos. Una y otra vez. Como caballo con orejeras. Parecemos los indios comprando espejitos de colores.

Hasta que no nos pongamos a pensar de una buena vez, vamos a seguir en la montaña rusa que es este querido país que tenemos. Pensar justamente, en el país que queremos. Y en el que queremos dejar. Cómo vamos a encajar en el mundo.

Tenemos que discutir modelos de país. Y elegir el que más nos guste. Debemos dejar de comprar pescado podrido. Promesas. Ilusiones. Paraísos. Es muy infantil lo nuestro. Dejar de pensar egoistamente y en el corto plazo. Nos fue muy mal así.

Hay otra parte del país que vive expectante del Estado. La gran mayoría de ellos son pobres. Es que nadie les enseñó la cultura del trabajo. Del esfuerzo. Del sacrificio como camino para el bienestar. El de encontrar un trabajo digno, que uno pueda hacer, feliz. Y ahí deja de ser trabajo y sacrificio. Nadie les enseño a los pobres lo reconfortante de mantener dignamente a sus hijos. De comprarles un regalo para navidad y verlos reír.

Les enseñaron a depender del Estado. A esperar del Estado. Hasta que no eduquemos a las generaciones que llegan, estamos fritos. Están fritos. Deberíamos luchar por eso, hasta los que no somos pobres. Porque ni un rico puede vivir plenamente en un país de pobres. Tenemos que enseñarles a no depender. A no esperar. A lograr.

Mientras seamos un pueblo expectante, no volveremos a ser un gran país. Es un pecado no serlo. Dios nos dió tanto y nosotros lo desaprovechamos. Cada uno sabrá qué expectativa dejar atrás y qué hacer para mejorar. Pero es un tema de todos. En algún momento, tendremos que ponernos los pantalones.

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