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Saber o no saber.

No queda otra que reflexionar, aprender y crecer como sociedad, si queremos ser el país que creemos ser.
Editorial
| 05 septiembre, 2019 |

La muerte de Débora Perez Volpin me sacudió. Ridícula? Quizá. «Quizá», porque no lo sabemos. No sabemos si estaba enferma de antes. Si falleció por la anestesia o por mala praxis del endoscopista, o lo que sea. Lo nuestro es el no saber.

Débora, Maldonado, ARA San Juan, Nismann, la AMIA, la embajada, María Cash. Ignoramos mil cosas. Literal. Y es tremendo.

Tenemos el problema de no saber desde la primera fundación de Buenos Aires, allá por 1536. No se sabe si Pedro de Mendoza vino a fundar una ciudad, o solo un fuerte. Y así. Repasá cada hito de nuestra historia.

En 1810 se querían independizar de España o solo ningunear al Virrey? San Martín cruzó los Andes enfermo, en mula, o en un blanco corcél?

Después de los colonizadores, que no sabían si venían a quedarse o a saquear, vino la segunda inmigración, a partir de la Constitución Nacional de 1853. Y después la tercera, que nos llenó de «tanos», «gallegos», alemanes, polacos y hasta galeses, producto de las guerras mundiales y el hambre.

Ahora tenemos la cuarta, dominada por bolivianos, peruanos, chilenos, colombianos y venezolanos.

Entendamos el mundo del inmigrante, para entendernos a nosotros

Llegás a un país, muchas veces sin siquiera hablar el idioma. En el mejor de los casos (los menos), con algún pariente o amigo previamente instalado. Seguro que sin dinero. Dejando atrás una ocupación que no sabés si vas a poder repetir, o de qué te vas a alimentar.

No solo qué vas a comer, sino también, cómo lo vas a comprar… Qué va a ser de la familia que dejás atrás. Si alguna vez vas a volver… No sabés nada de aquellos con los que te cruzás en la calle. A dónde vas a dormir ni bien te dejen salir del Hotel de Inmigrantes. Encima, venís corrido por el hambre o por la muerte o por ambos. Nada feliz.

Todo eso está en nuestro ADN

Fresco. Vivo. Cómo no vamos a ser el país imprevisible del que reniegan los inversionistas extranjeros? Cómo no vamos a cambiar de rumbo, cada vez que cambiamos de gobierno? Cómo vamos a tener reglas de juego sólidas?

Es difícil. Pero más vale que maduremos pronto. Nos convirtamos en previsibles, estables, confiables. Sepamos ver lo bueno del que se fue y mantenerlo. Seguirlo. Desarrollarlo. Profundizarlo. Armonizarlo con lo nuevo. Que brillemos por nuestro mérito y no por desmerecer al anterior.

No queda otra que reflexionar, aprender y crecer como sociedad, si queremos ser el país que creemos ser.

Si no, no somos muy distintos a esos que parece que bajaron por el estrecho de Bering, de Siberia a Alaska y hasta acá, hace más de 15 mil años. Parece. No se sabe.

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