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Maradona: el legado de Dios

Maradona nos dejó físicamente, pero su legado es eterno si lo sabemos ver y estamos abiertos a aceptarlo. No es el que pensás. Es otro.

Editorial
Diego Maradona

Todo argentino que se precie de ser cumplió con un mandato: poner una foto de Maradona en el perfil de todas las redes sociales que tiene. Y si es una con él, nada mejor en la vida. Para los argentinos la muerte es un amnésico poderosísimo: borra todo lo malo. Respeto, dicen. Pero estamos obligados a duplicar la apuesta, como un designio divino y vamos más allá: la muerte agranda, enaltece, agiganta la figura del que se fue. Construimos una mentira, una fábula y nos es imposible saber en donde esta la verdad. Vivimos en una burbuja de fanasías y me pregunto si son necesarias. Claro, este sistema carga de épica a la figura del muerto.

Pero pensalo: nos vendieron que San Martín cruzó los Andes en un caballo blanco, impoluto, soberbio. La realidad es que los cruzó medio enfermo, como muchos de sus Granaderos. Y con su biblioteca a cuestas. Posta. ¿No es mucho más épica la figura así?

¿Y hay algo más épico que un argentino? El pueblito de Europa de donde salimos. Los trescientos días en barco para llegar a un continente casi que desconocido. A un país en el que con suerte tenemos un conocido. En el que nos cambian el apellido porque no nos entienden el idioma; claro, no hablamos castellano. Y algunos no lo hablaremos del todo hasta morir. Así y todo, con esfuerzo, que es lo único que traemos, salimos adelante. Con trabajo, progresamos. Crecemos. La familia. La casa. El estudio que nosotros no tuvimos lo tienen nuestros hijos. M'ijo el dotor. Y de vez en cuando volvemos al pueblo en el que nacimos a mostrarle a la familia que se quedó en el tiempo lo exitosos que somos. Hablame de épica.

Diego es el más épico de la historia

Por eso amamos a Maradona. Porque llegó a este mundo con una mano atrás y otra adelante. Construyó una carrera con valores innegables como el esfuerzo, el sacrificio, el trabajo, la mira en el progreso, en la superación. Como nuestros abuelos, Diego también creía ciegamente en él mismo. Como dijo en su primer reportaje, cuando jugaba en los míticos Cebollitas, su anhelo era ser campeón mundial con la Selección. Ahora estamos posteando todos fotos con sus hazañas. Cuatro rivales marcándolo. El día en que el peruano Reyna lo siguió hasta el vestuario. El tobillo roto en el mundial del 90 y el pase a Caniggia para dejar afuera a Brasil y llegar a la final. Los jueguitos con la pelotita de golf en Harvard. O los de antes de empezar cada partido en el Napoli. Diego es el más épico de la historia. De la nada a la leyenda, que les salvó la vida a dos periodistas argentinos en Irán, a los que lo único que les entendieron sus captores fue "Maradona". Entonces supieron que eran argentinos. Entonces supieron que eran periodistas y no espías. 

Hablar mal de Maradona es hablar mal de nosotros

Si querés leer una nota sobre sus miles de proezas adentro de una cancha de fútbol, fuera del potrero de Villa Fiorito que lo vio nacer y ya no existe o de cualquier estadio del mundo colmado de fanáticos que solo querían verlo a él, no es esta la nota. A mí me interesa -y espero que a vos también- entendernos. Villa Fiorito, por ejemplo: el potrero que hoy no existe debería ser un lugar público. Preservado como un museo. Ahora, eso sí: tres días de duelo y lo velamos en la Casa Rosada. Somos el reino de la de cal y la de arena. 

Ni hablar de que René Favaloro, el Maradona de la medicina, el tipo que inventó el bypass y les salvó la vida a cientos de millones de personas en el mundo entero, se suicidó por falta de apoyo del Estado a su Fundación. Y que solo los familiares deben saber a dónde lo velaron.

Pero el Diego nos elevó el orgullo de ser argentinos hasta las estrellas. Yo creo que es medio triste sentir orgullo por lo que hace otro, a menos que sea tu hijo. Un orgullo cuestionable además, porque se trata de ser el mejor en un deporte. El y la Selección que comandaba, claro. Digo: podríamos una vez sentir orgullo por algo trascendental, ¿no? Una vez. No digo siempre. Yo qué se... Están Leloir y Houssay (Google) además de Favaloro. Tipos que contribuyeron al avance de la ciencia mundial, a salvar vidas. No te digo un Borges, reconocido como el mejor escritor de lengua castellana de la historia, o un Julio Bocca. Porque esos serían como los Maradona de su arte.

Somos así. Nos pone felices el fútbol

Se entiende entonces, la devoción por El Diez. Pero entendamos que nos pone felices el fútbol. Porque despues nos comparamos con Alemania, Suecia, Canadá y todos los putos países del primer mundo. Y nos queremos descerrajar un tiro en nuestras partes más íntimas. Pero no hacemos nada, no por llegar a ese club; sino por volver. Porque lo más triste es que estuvimos y bien arriba en el primer mundo. Y mirá qué loco: en ese entonces, allá por 1930, ponele, también éramos potencia en fútbol. O sea: se puede tener las dos. Vivir en ambos mundos. Lo del fútbol está bueno. Es una forma de alegría y hasta felicidad y eso siempre es magnífico en la vida. Es deporte; es sano. Cada cuatro años nos engañamos con que estamos todos unidos. Nos ilusionamos; lo que también es un sentimiento maravilloso. Y después nos caemos como un piano de un séptimo piso si no ganamos, porque es lo único que tenemos. Entonces pesa mil millones de kilos. Nos frustramos. Queremos echar a todos. Sacamos lo malo de adentro. No se si está tan bueno.

El adolescente permanente

Maradona fue un adolescente toda su vida. Obvio que esto no es un juicio de valor, ni mucho menos. Creo que son verdaderamente contadas con los dedos de una mano las personas que lo conocieron bien como para hacer una valoración de su vida afuera de la cancha. Con lo que, claramente, tampoco la vas a encontrar en esta nota. Pero se le notaba a la legua la rebeldía. Que lo debe haber ayudado mucho para triunfar, para salir de Fiorito. Se le veía la irresponsabilidad. Afuera de la cancha, claramente. Él quería jugar a la pelota. Yo no voy a escribir sobre Maradona persona. Porque creo que no lo conocí nada. Creo que solo lo conocieron de verdad ese puñado de cercanos. Y porque no hay que juzgar sin conocer las circunstancias. Recién ahí uno puede aceptar o rechazar. Condenar para uno mismo. Pero viste que condenamos para los demás. Condenamos y queremos que tooooodos nos apoyen en la condena. Aniquilar al condenado. Y no importa si sabemos claramente lo que pasó. Alcanza con poco. 

Es que somos tan adolescentes como D10S. Por eso también lo amábamos. Hay un proverbio árabe que dice algo así como: "Yo tuve un camello, mi hijo un Mercedes Benz y mi nieto tendrá un camello". No lo recuerdo exacto, pero es el espíritu. Y habla sobre el que construye la fortuna, que no prepara a su hijo. Que es quien la disfruta y la despilfarra. Y del nieto que es pobre otra vez. Bueno: te tengo malas noticias. Somos los nietos. Nuestros abuelos forjaron un país rico. Papá y mamá lo malgastaron. Bienvenidos a Venezuela. 

Como buenos adolescentes, somos agrandados, gritones, exagerados. Tenemos la necesidad de sobresalir, pero no las armas para hacerlo. Y no lo sabemos o no nos importa. No lo podemos ver porque no somos humildes ni nos enseñaron a serlo.

Los adolescentes, por otro lado, suelen echarle la culpa al otro

Y acá si tengo algo para decir de Maradona. Entiendo profundamente del origen del cual salió. La fama y la fortuna que se le vinieron de golpe. Los buitres disfrazados de amigos. Los inescrupulosos al lado. Entiendo que como buen adolescente, se encandiló con la fama. Creyó que podía contra todo. Todo entiendo. Y no se si yo lo hubiera hecho mejor. No digo eso. Seguramente, hizo lo que pudo. Pero, muchachos, no me jodan con que la sociedad lo presionó y lo llevó por un camino equivocado. Cuando lo estafaron, la peleó. Y no creo que le hayan puesto un revolver en la cien para que diera pasos equivocados. Uno se deja hacer.

Insisto: no lo juzgo. Fue su vida, no la mía. Pero, así como la gran mayoría de los pobres no salen a robar, también hay muchos ejemplos de gente mal rodeada que se desentendió de esas compañías. Solo digo que no le echemos la culpa al otro de sus males ni de los nuestros. 

El modelo argentino

Porque eso hacemos. La culpa es del imperio yankie. O del mundo capitalista. O de un gobernador corrupto. ¿Y quién lo votó? Tenemos nuestros defectos como todos. Pero, hasta que no decidamos hacernos cargo y salir, no vamos a salir. Si no estamos dispuestos a mejorar, como estaban los nonnos, seguimos en el barro de por vida.

Maradona nos dejó algo para imitar: la rebeldía contra el destino. No hablo de la rebeldía estúpida de colarse en una fila, no respetar la ley y esas cosas. El Diego se rebeló contra lo que le tocaba. No se resignó. A pesar de todo su talento y sus desbordes juveniles, siempre entrenó. Y estoy seguro de que a conciencia. Antes del mundial 86, Diego se había perdido en Wembley y contra los ingleses, obvio, un gol muy similar al mejor de la historia. El de la apilada, no el de la trampa. Años después lo escuché contar que en México decidió eludir al arquero inglés porque su hermano Lalo le había dicho que ese había sido su error en el que falló en Wembley. Creo que si hay algo inobjetable en Maradona es que a su enorme talento lo mejoró con trabajo. Dalí dijo una vez: "Que la inspiración me encuentre trabajando". Entendamos que el talento solo no basta. Que el trabajo sobre ese talento es lo más importante.

El legado de Dios

Maradona debe ser uno de los seres más controversiales que haya dado la humanidad. Amado. Odiado. Respetado. Envidiado. Admirado. Repito: de lo obvio, de lo que todos podemos hablar, es lo que hizo adentro de la cancha. Porque eso lo vimos en vivo unos millones de privilegiados. Y, por suerte, hay amplio registro de su carrera como para que aprendan los que no lo vieron.

Para mí, la vida es aprender. Y tratar de mejorar con eso, claro. Así que en este momento pienso qué nos dejó Maradona. Ese jugador que se fue hace rato y que no ha sido superado (sorry, Messi). Como dije, la rebeldia contra el destino. El trabajo como complemento del talento. Pero también el compromiso. El darlo todo. Le pegaron mucho y no protestaba. Se paraba y seguía. Es más: encaraba al que le había pegado y lo hacía pasar un papelón. Como le hizo pasar a "El loco" Gatti cuando le hizo dos goles, después de que el arquero lo definiera como "un gordito". Le perdono (¿y quién soy yo para perdonarlo?) que era medio tribunero, de gestos ampulosos para la hinchada, rogando a Dios cuando no le cobraban algo. Y era un tipo leal. No recuerdo que haya pegado a propósito a nadie (salvo en esa batalla campal en el Napoli). O que hubiera reaccionado inapropiadamente contra otro jugador. Si lo ves así, es loco el gol con la mano (debería haberse llamado "La mano del diablo"). Porque fue una deslealtad. La maldita "viveza criolla". Y Maradona no era desleal.

Maradona nos dejó. Mucho desde adentro de la cancha. Mucho muy importante. Sin embargo, tengo una sensación fea, que es la de pensar que se fue creyendo que nos había dejado solo alegría. Que está muy bien y que es muy valorable. Pero que, por su forma de ser, se fue sin saber de que nos dejó algo muchisimo más grande. Algo para los que todavía entramos en una cancha y para los que nunca lo hicieron ni lo harán. El valor del optimismo, del trabajo, de la confianza y de la rebeldía.

Le tuve mucha lástima a Diego. Y al final nos termina enseñado algo que lo trasciende inmensamente y lo agiganta de verdad.

Fecha de Publicación: 27/11/2020

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