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Los argentinos y los perros

Somos perreros. Los amamos. Es hora de aprender a pasearlos y aprender sobre nosotros.

Editorial
Los argentinos y los perros

Vivo en un departamento en Buenos Aires. Si sos de pueblo nada de lo que vas a leer te va a pasar. Pero quizá te ayude a entendernos un poco más, si te interesa. A entenderte a vos mismo, incluso. Quizá valga la pena tomarte 5 minutos y entender; que, después de todo, es el secreto de la vida. Y en eso entramos los de pueblo chico, ciudad y hasta los porteños, que se creen que los demás los tienen que entender a ellos.

Tengo una perra de 8 años. La saco a pasear dos o tres veces por día, más allá de llevarla a donde pueda. Lo hago más por una razón psicológica que fisiológica: para que no se quede sola, que creo que le da angustia, si es que los perros sienten angustia. Yo la paseo sin correa. Dato no relato. Cada vez que salgo, salvo muy increíbles excepciones, me pasa lo siguiente: vamos caminando por la vereda y se acerca un humano con su perro en sentido contrario. Esto pasa unas cuatro o cinco veces por paseo y salvo muy increíbles excepciones, igual. Ni bien el radar del humano detecta a mi perra, comienza un ritual de muñequeo loco, como batiendo crema, con el fin de acortar la correa. Fin invariablemente alcanzado. Cuando la correa tiene un máximo de 20 centímetros, el muñequeo cede y da lugar a un tirón fuerte y seco que atrae al perro contra la pierna del humano, como si ésta tuviera un poderoso imán. He llegado a ver perros pequeños levantados por el aire cual "Violeta" del gran payaso Firulete (millennials, google), que no entiendo cómo no mueren asfixiados en el trayecto del suelo a los brazos de sus humanos. Si el can sigue pie en tierra, es sometido a un rozamiento contra la pared al límite de sacar una capa de pintura de la misma. Si can y humano vienen por el lado del cordón, comienza un ritual de danza alrededor de algún auto o contenedor de basura estacionados, evitando toda aproximación menor a los 4 metros con mi perra. 

Mi perra es una mestiza obesa más tranquila que Lassie enferma. Ni un rottweiller, ni un pittbull; mucho menos un imponente doberman. 

Sí. La gente tiene kilombos

Veamos todo lo que se puede sacar en limpio de esta anécdota cotidiana. Lo primero es que sin dudas, la gente me toma de desequilibrado, irresponsable o pelotudo. No hay cuarta posición. Una gran argenta: el otro es, de pique, un nabo. A nadie se le ocurre pensar que si llevo a la perra suelta es porque me tomé el trabajo (correspondiente) de enseñarle a comportarse e interactuar con otros perros. 

Y reitero "el trabajo", porque lo es. A tal punto que nadie lo hace. Revisemos: vos sos el "macho alfa" de tu perro. Ni su amigo, ni su mamá, ni su papá. No es una idiotez de género; así se llama a la figura del líder de la manada en la que el perro cree vivir, seas hombre o mujer. Entonces, si el líder de la manada ve a otro perro y se espanta, ¿qué puede pensar un simple seguidor? Imaginate si es un cachorro. Los perros nos entienden básicamente por nuestros actos, después por nuestra mirada. Y luego por el tono de voz. Aunque creas que tu perro te entiende cuando le hablás, el pobre no habla castellano; sabelo. Así que si vos entrás en pánico y lo alejás o lo escondés de otros perros, lo primero que va a hacer él ni bien pueda es pensar en defenderse mordiendo al otro, ya que le enseñaste que es una amenaza. No... Bien... Genio del liderazgo canino. En vez de probar con hacerlos socializar, dejarse oler las colas, jugar, torearse un poco, correrse el uno al otro, optan por poner en mí razgos de personalidad que no tengo. Responsabilizarme. Argentina bendita: siempre la culpa es del otro, de arranque. Así: sin tomarse el mínimo trabajo de razonar un poco.

Prejuzgo, ergo, existo

En el primer mundo no me dejarían pasear al perro sin correa ni bozal, pero porque todo está reglamentado estrictamente. Y suelen tener razón al implementar cada regla. Porque la piensan antes. Pero si no estuviera reglamentado, la gente no pensaría mal de entrada. Pensaría que por alguna razón lógica yo puedo llevar a mi perra libre. Nadie pensaría que soy un irresponsable porque no hay lugar para ese tipo de conductas en las sociedades avanzadas.

Pero acá prejuzgamos siempre para mal. Entonces no hay relax. No hay paz. No hay empatía. Cuando pensamos, pensamos que el otro nos va a cagar. No hay nada más poderoso para lograr que el otro nos cague. Generamos una bola de nieve creciente de mala onda y negativismo. Así, no queda otra que atraer negativismo. Porque el cerebro trabaja con circuitos que se repiten. Y si los circuitos que se repiten son los del negativismo y el cerebro los utiliza más que a los otros, al horno, lo que se dice. Entiendo que somos peligrosos, estafadores, avivados. Pero la gran mayoría de nosotros no somos así. Somos gente honesta, de trabajo, leal. Nos gusta generalizar y a veces no hay forma de hablar sin generalizar. Pero sería bueno que empezáramos a pensar un poco en positivo. Otra enseñaza de pasear al perro. Caete de culo.

Menos confianza que a un vendedor de autos usados

Lo que la gran mayoría de la gente le enseña a su perro es a ser miedoso y desconfiado. Y se puede vivir siendo desconfiado, seguro. Pero mal. Vivimos no solo en el pánico, sino en el engaño. Somos desconfiados y nuestra fama parecería indicar que esta muy bien que lo seamos. Peeeero, la fama es solo fama. De nuevo, la gran mayoría de la gente no es como su fama gentilicia indica. Los gallegos no son todos brutos. Es obvio que la gran mayoría de ellos no lo es. Los japoneses no son todos tintoreros, está claro. Son simplificaciones que hacemos por comodidad. Y utilizamos por brutos.

Ser desconfiados genera inflación. Sí. No me tratés de loco como los vecinos. Seguime: una de las causas de la inflación es darle a lo loco a la maquinita de imprimir billetes. No hay dudas de que es la mayor. Las políticas económicas erradas siempre terminan en inflación. Esta la sabemos todos. Y la repetimos la repetimos la repetimos, sin aprender. Bueno: lo de aprender es medio una taradez. Yo creo que siempre tuvimos grandes economistas que hacen las cosas mal a propósito, guiados por los gobernantes. Lo que nosotros tenemos que aprender es a votar. Pero eso es para otra nota. Las malas políticas económicas, sin embargo, no son las únicas razones. También estamos nosotros. Los desconfiados más grandes del mundo. Cuando nosotros creemos algo, muchas veces a instancias de un rumor, ya está. Ditto. Palabra de Dios. Ni nos tomamos el tiempo de pensar si puede ser verdad. Al pedo. ¿Para qué? "Me lo contó un amigo que sabe". "Viene de arriba". "Dicen que". Lo que sigue nunca es positivo. Siempre es la debacle, la catástrofe. Normalmente, tampoco es verdad. Pero eso es un detalle que ignoramos. Entonces, quien corresponda aumenta los precios. Por las dudas, ¿viste? Así nace una cascada de aumentos. Y ya no escuchamos más. Ni siquiera escuchamos razones válidadas. Godzilla invadiendo Tokio.

En 2019, luego del cierre de las PASO y una vez conocidos los resultados, nuestro actual Presidente y en aquel entonces candidato opositor, declaró que el dólar que estaba a 42 pesos (y por el que Tinelli y muchisimos periodistas rogaban el famoso "Hagan algo" y ahora ni mu, ¿te acordás?) debía estar en 60. Obvio que sabía lo que hacía. Obvio que el lunes a las 10:01 el blue se fue a 60 pesos. Desconfianza pura. Argentina había alcanzado en la práctica el "Déficit cero". O sea: no gastaba más de lo que cobraba. Hacían 80 años que no se tenía déficit cero en el país. La base de la salud y de la estabilidad económica. ¿Habían razones económico financieras para que el dólar saltara? Ninguna. Pero la gente dejó de confiar. Confió en el "Volvemos mejores" y en el "Kirchnerismo moderado de Alberto". Gran elección.

La desconfianza genera inflación y somos desconfiados. No me preguntes cómo se sale. Quizá con 20 años de Gobiernos consistentes, estabilidad económica y crecimiento. Quizá pensando que nosotros somos también responsables... Lo que nos cuesta pensar, ¿no? Bueno. No pensar es más caro. Está claro.

Que el egoísmo nos impulse

Podés tratarme de loco ahora: cuando paseo a mi perra, el tiempo es de ella. Ella manda. Es SU momento. Y yo la sigo. A donde se quiere parar, paramos. Yo creo que ellos tienen necesidad de olfatear nuevos olores. De marcar con su orín y dejar señales. Creo que es su forma de comunicarse. Y comunicarse es vida. Si no ¿para qué están? Ya no necesitamos que cuiden la cueva. Claro: a menos que vivas en el Conurbano profundo, en donde ellos son la Policía. Si no salen a pasear, su vida es solo comer y dormir. Eso no es vida. Si no juegan o interactúan con otros perros (que ya se lo limitamos), no es vida.

No entiendo a esa gente que los saca a dar solo una vuelta manzana. Que lo llevan a las corridas, sin dejarlo ni orinar tranquilo. No es solo un trámite fisiológico pasear a un perro. Es un acto de amor. De comprensión y empatía con nuestro amigo, mascota, hijo; llamalo como quieras. Aun un perro que vive en un jardín grande necesita salir a pasear. No da el egoísmo. 

Pero somos egoístas. No nos interesa el otro, salvo en desgracia. Tanto en una catástrofe tipo terremoto (ahí mostramos nuestro pico mayor de solidaridad), como con un amigo/a que necesita un hombro para llorar un desamor. En esas somos imbatibles de verdad. 

O quizá solo tengamos miedo de vernos a nosotros mismos. Porque pasear al perro, también en un acto egoísta si se quiere pero que nos da lugar a estar con nosotros mismos. A solas. Y pensar. En nuestro trabajo, nuestra vida, nuestras cosas. Quizá veamos cosas feas. Seguro también veremos cosas lindas. Si sos de los negativistas, quizá ver cosas feas te ayude a cambiarlas. Si sos de los positivistas como yo, ver lo bueno y lo malo siempre da oportunidad a crecer, mejorar y ser más felíz.

Porque si somos egoístas, que por lo menos contribuya para algo.

 

Imagen: Freepik

Fecha de Publicación: 13/11/2021

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