Ser Argentino. Todo sobre Argentina

La Democracia según Mitre

Nueva entrega de la seria exclusiva de Ser Argentino a 40 años del Retorno de la Democracia. Uno de los arquitectos de la Argentina de la “libertad absoluta y en todo”, en su pensamiento y escritos: Bartolomé Mitre.

Podríamos decir que la década de 1860 cimentaría el pensamiento liberal en Argentina. Y uno de sus máximos voceros sin dudas fue Bartolomé Mitre. Presidente a partir de 1862, durante medio siglo, tomó el pulso de aquellos que pensaban en la libertad antes que nada. Firme opositor a las tiranías y despotismo, representados según Mitre en el rosismo y en el federalismo, este dirigente se encuentra en los albores de la política moderna criolla, siendo uno de los fundadores del partido antecesor a la Unión Cívica Radical. En este sentido, Mitre siempre enarboló la bandera del sufragio y la voluntad de la Constitución Argentina. En el discurso dónde se juró la Carta Magna de 1860, tras la derrota porteña de Cepeda, el entonces legislador constituyente dirigía estas palabras a la opinión pública de Buenos Aires, que lo tuvo de uno de sus campeones desde la secesión de 1852 al separatismo de 1880, “esta constitución satisface vuestras legítimas esperanzas hacia la libertad y hacia el bien: Ella es expresión de vuestra soberana voluntad, porque sobra de nuestros representantes libremente elegidos: es el resultado de la fatiga de nuestros guerreros y de las meditaciones de vuestros altos pensadores, verbo encarnado en nosotros: es la palabra viva de nuestros profetas y luego vuestros mártires políticos… ese juramento es grato al cielo y benéfico a la tierra, porque él asegura la libertad pacífica para los pueblos argentinos, y la fraternidad perpetua para vosotros y para vuestros hijos”, finalizada el siempre pomposo poeta e historiador.

Lo cierto es que la historia demostraría que a partir de su mandato se impondría a fuego y sangre los principios del liberalismo de férula conservadora. Esos principios de los que hablaba en su discurso de asunción del 12 de octubre de 1862, bajo los banderas sempiterna de los partidos liberales como el librecambismo, el progreso de la ilustración y la incorporación de capitales extranjeros para un pronto desarrollo que “barra la barbarie”, “nacido del voto público para regir los destinos de la República Argentina en nombre interés de los principios que han triunfado y que representan la nueva situación”, puntualizaba luego de asumir la presidencia de la nación, tras la batalla de Pavón. Y quien había refrendado alguna vez la frase “no habrá vencedores ni vencidos”, una vez que entró triunfante a Buenos Aires con el ejército multinacional al mando del general Urquiza concluída la batalla de Caseros -y Juan Manuel de Rosas-,  espetó que “voy a presidir los destinos del pueblo argentino a la par de un congreso en que la mitad de los miembros que la componen eran, ahora pocos años, pobres proscriptos en tierra extranjera; recordaré que el ilustre ciudadano que os preside era, no hace mucho tiempo, prisionero en un pontón de la tiranía, que escapaba para respirar aire libre y volver a servir a su patria; recordaré que el voto de los pueblos ha ido a buscar al vicepresidente de la República -Máximo Paz- en la escuridad un calabozo donde sufría por su fiel causa”, poniendo sus ojos y tirria en el exilio en el Uruguay, una modalidad de los perseguidos políticos compatriotas entre siglos. Veamos cómo era ese voto de los pueblos defendido por Don Bartolo.

“La libertad pacífica -emanada- del voto del pueblo”

Y para asegurarse de que no se vuelvan a los oscuros tiempos del rojo punzó, que según los liberales del siglo XIX se confundía con el federalismo y las montoneras -sin comprender que los Chacho Peñaloza o Ricardo López Jordán, Felipe Varela, o el mismo Justo José de Urquiza, eran tan liberales como los mismos nacionalistas porteños o “cocidos”-, en palabras de un contemporánea Carlos D´Amico,  “Mitre, subiendo al poder, pretendió tenerlos fuertísimo, y a pesar de la Constitución exigió la federalización de toda la provincia de Buenos Aires, para enorme capital de la República…desoyendo la voluntad de los provincias y sus gentes”. Y reabrió de este modo la violenta guerra civil entre pueblos hermanos, aquel que invocó “la libertad pacífica -emanada- del voto del pueblo”,  que tendría un capítulo desgraciado en la Guerra contra el Paraguay, en la cual el entonces presidente Mitre embarcó a los argentinos. Cuentan que el mismo que había predicho que en tres meses estarían los ejércitos de Brasil Uruguay y Argentina en Asunción, en una guerra fratricida y aniquiladora que duró sangrientos cinco años, recibió de regalo de un “proveedor” del ejército, un costoso reloj que indicaría la hora de la victoria. Que cuando abandonaba el ejército se lo dejó al brasileño Conde de Eu, que fue quien arrasó y destrozó finalmente al Paraguay.

Mitre en las raíces de la democracia

Tanto federales como liberales en la década mencionada concordaban con el respeto de la Constitución pero poco atendían a los derechos y garantías, en los cuales el mecanismo de representación democrática había sido esbozada dentro del proyecto alberdiano.

Era la época donde las relaciones entre el pueblo y la autoridad se apoyaban en los mecanismos electorales, bastante amañados porque solamente el sufragio era para los varones que participaban en toda una serie de componendas y redes de terror, y la opinión pública, que constituía la manera conculcada y subliminal en la cual participaba la ciudadanía en la arena política – y que explica por qué el mismo Mitre dedicadó tantos esfuerzos en fundar diarios, entre ellos el aún existente La Nación, “Tribuna de Doctrina”. El adoctrinador Mitre quizás fue el que más lejos llegó en cuanto manejar la volubilidad de la opinión pública en el periodo estudiado, que a vistas de las dificultades para la participación libre de las capas populares y medias, acabó haciendo el único instrumento en la discusión público. Así a través de varias de las columnas e intervenciones periódicas, el autor de la fundacionales historias de Belgrano y San Martín, defendió el voto calificado ante la falta de “instrucción de las masas”. Incluso fue Mitre un temprano defensor de la abstención masiva, una herramienta política poco institucionalista que influenciaría a Yrigoyen y a Perón, en las circunstancias cuando ellos presionaban para acceder a la primera magistratura.

Tal fue su prédica antidemocrática en 1874, que a pesar de haber rubricado unos días antes que “es mejor el peor de los gobiernos que la mejor de las revoluciones”, dirigió una sedición contra el gobierno electo del presidente Avellaneda. Sin olvidar tampoco qué fue uno de los principales fogoneros de la Revolución del Parque de 1890 contra el presidente Juárez Celman, “toda la sociedad está aquí genuinamente representada como un movimiento nacional que condensa el voto público y las legítimas aspiraciones del pueblo argentino” exclamó en el célebre discurso del Frontón Nacional, aunque luego traicionaría a las huestes cívicas de Alem, causando casi 25 años más de espera para la vía democrática.

Mitre, rescatado de este modo, no sería muy diferente a como lo apreciaban sus contemporáneos, resultando una mezcla entre caudillo y liberal que permanecen en la raíces políticas de nuestras instituciones; una derecha reaccionaria sustentada en capas populares que subsiste y basta ver las tapas de los diarios actuales. O mejor definido en las palabras del historiador Milcíades Peña, despotismo progresivo y democracia colonial.

Estado empresario según Mitre

Finalizando este breve recorrido en el pensamiento mitrista, quien con picardía Pellegrini en 1906 lo despediría “como Patriarca de su pueblo, que bien podría morir tranquilo” (sic), citamos in extenso, “se dice que los gobiernos son malos empresarios. Si los gobiernos se hacen comerciantes para luchar con el público, -si- usan de las rentas del pueblo para hacer competencia a la industria privada… pero hay una porción de empresas que por necesidad y conveniencia pública deben ser radicadas en el gobierno, principalmente aquellas que tienen conexión con los impuestos, la vía de comunicación y las mayores facilidades del comercio y la navegación, obras que los gobiernos deben hacer y que sólo ellos pueden hacer consultando el interés de todos, más bien que la ganancia de unos pocos (…)

¿Qué razón hay para meter la mano en el plato del consumidor y comerse el Estado de la cuarta o quinta parte de su alimento?... La necesidad y nada más que la necesidad. Cierto que sea a título de la retribución, con la condición de devolver en importe, en seguridad y en beneficio para los contribuyentes… tal será debido a las grandes obras de utilidad pública hecha por los gobiernos, es decir ¡a los gobiernos empresarios!”, finalizaba en el Senado de la Nación, pocos años antes de haber sido condenado pero absuelto por sedicioso en 1874 -gracias a su enemigo íntimo Sarmiento-, y algo que le otorgaría una suerte de ostracismo que le permitiría traducir La Divina Comedia del Dante -Mitre recién reflotaría en cargos públicos en la última década de vida. Don Bartolo defendía así el proyecto de lo que ahora conocemos como el barrio de Puerto Madero, uno de los casos de corrupción más grandes argentinos, y que solamente fue operativo diez años. Solventado por un tipo liberal de estado empresario, sin control ciudadano. Mitre, por entonces además, disertando ante los mismos diputados y senadores que hacía veinte años regresaban de Montevideo perpetuados por el fraude electoral.  

 

Imágenes: AGN

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