¡Escribí! Notas de Lector
Ir a la secciónBuenos Aires - - Miércoles 09 De Septiembre
“No hubiera en la Nación nada superior a la Nación misma”, repetía el presidente Nicolás Avellaneda, el primer presidente que hizo de la Constitución Argentina su programa de gobierno. Inspirado por los románticosdel 37, la generación de Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi, como por los organizadores del 53, Domingo F. Sarmiento y Bartolomé Mitre, Avellaneda impondría un gobierno de conciliación, integración y administración que allanaría el camino al liberalismo conservador que moldearía el país por medio siglo. Al tucumano, además, debemos los argentinos el sistema educativo público y federal en tanto estandarte de progreso. Avellaneda sostenía que solamente con la educación gratuita y masiva podría soñarse con la República verdadera, la República democrática, que conjugue libertad e igualdad.
No era una problema menor para Avellaneda, y los dirigentes que acompañarían la consolidación del modelo librecambista agroexportador, la democracia. En tanto aspiracional de la Carta Magna, contradecía la necesidad de orden e institucionalidad de la joven república debido a que el “sufragio popular, como base del gobierno, es una fuente perenne de grandes peligros en medio de la ignorancia general”.
Como bien aclara Avellaneda en su tesis de abogacía de 1865, “Estudio sobre Leyes de Tierras Públicas”, el futuro rector de la Universidad de Buenos Aires, “La democracia, entre tanto, más que una institución política es una organización social; y ella requiere para encarnarse en los hechos, para desenvolverse y vivir, condiciones esenciales que abrazan bajo todas sus faces la vida de los pueblos. ¿Qué importa, por ejemplo; declarar la soberanía popular, estableciendo el sufragio universal, si se lo entrega á muchedumbres bárbaras caídas en la ignorancia ó esclavas de la miseria?”. Para revertir este cuadro, ya durante la presidencia de Sarmiento, como Ministro de Justicia e Instrucción Pública, luego en la primera magistratura, realiza Avellaneda una amplia labor educativa tendiente a instaurar virtudes cívicas, creando centenares de colegios nacionales y normales por toda la Nación.
Aquella cita resulta de las pocas que Avellaneda traslada en vida a las publicaciones de largo aliento ya que su mayor labor se encuentra en la fogosa oratoria política y los efímeros artículos periodísticos. Recién una vez fallecido, muere prematuramente a los 48 años en 1885, sus amigos y admiradores, entre ellos Sarmiento y Paul Groussac, inician la publicación en doce tomos de sus obras completas, aunque de escaso reconocimiento posterior. De estos textos Álvaro Melián Lafinur seleccionará algunos fragmentos en una publicación de Ángel Estrada Editores de 1955, “Escritos literarios”, que rescatamos del propulsor de la inmigración con la Ley de Inmigración y Colonización de 1875, de la autodenominada Conquista del Desierto en 1879, y de la federalización de Buenos Aires en 1880.
“La libertad se convirtió en sinónimo de orden. El país debía consolidarse construyendo un Estado, dotándose de un gobierno y proveyendo una administración eficaz”, en la acertadísima definición de Liliana Ferraro en “Reflexiones del pensamiento político de Avellaneda” sobre el rosario de los regímenes nacidos en las mentes de la Generación del 80, y que impulsaron la influencia gubernamental que no pararía de crecer en el siglo siguiente, en manos de la “gente de bien” hasta 1916. El presidente Avellaneda fortificaba la consolidación de estos estados autoritarios, más preocupados por las libertades económicas que los derechos políticos y sociales, pero reconocía la savia de los pueblos. Su pueblo argentino, de quien nunca renegó como sus pares en el poder, y del cual destacó, con una sagacidad que sorprende en la lectura contemporánea, la perpetúa lucha en su espíritu democrático entre la libertad y la igualdad. Hijo del Tucumán cuna de la Independencia, en uno de sus textos dedicado el Congreso de 1816 -comprendida desde la Asamblea del Año XIII hasta la fallida Constitución unitaria de 1819, como se debe…-, reflexiona Don Nicolás en 1864:
“La Declaración de la Independencia, acto del más sublime y heroico patriotismo, contribuyó poderosamente en aquellos días infaustos de la Revolución a hacerla irrevocable e invencible, no dejando otra alternativa sino la libertad o la muerte. ¿Quién podría desconocer que con aquella mágica palabra los pensadores argentinos desataron las fuerzas sociales para ponerlas al servicio de la idea revolucionaria?...pero se presenta de pronto, y en la primera mirada, el reverso del cuadro, de un modo tal vez más imponente y decisivo.
El Congreso de Tucumán era monarquista, y con él lo eran los primeros hombres que con su inteligencia o su espada marchaban al frente de la Revolución, en aquel tiempo de anarquía, de derrotas y desfallecimientos. El pueblo, sin embargo, no era monarquista por un instinto tan noble como poderoso. No lo era, por aquella fuerza innata de la libertad en sus desenvolvimientos, que una vez partida de su foco se dilata irresistiblemente como la luz. No lo era, por el sentimiento de la igualdad profundamente arraigado en su corazón; y hoy, a Dios gracias, somos lo que el pueblo quería en 1816 y en todas las épocas de la Revolución. La aspiración ingénita del pueblo hacia la libertad y la igualdad bajo sus formas más completas, ha prevalecido por hoy y por siempre sobre las combinaciones quiméricas de los políticos argentinos”
Al finalizar su mandato en 1879, el presidente Avellaneda escribía a los gobernadores, “Solo quiero, por mi parte, que el presidente que me suceda nazca del sufragio y de la voluntad de los pueblos”. La voluntad criolla contraria a cualquier autoritarismo, y que anunciaba el estado democrático concretado a partir de la Ley Sáenz Peña, casi cuarenta años después. Frente a cualquiera quimera de cualquier mandón pelucón -la manera despectiva que los patriotas nombraban a los funcionarios coloniales-.
“No se penetra de esta suerte en las regiones del pasado, sin encontrar que nadie estuvo en el error o en la verdad de un modo absoluto, y que no pertenece ésta, en patrimonio indivisible, a ningún hombre o ningún partido. Nos presentaremos nosotros a la vez en la misma condición respecto de la historia, y no podemos así volver de nuestras investigaciones después de haber removido con su grandeza sin miserias el polvo humano, sino reflexivos y sin orgullo, y trayendo con el corazón conmovido estas palabras en nuestros labios: conciliación y equidad.
Todas las cuestiones orgánicas de la libertad y de la República tienen ya, felizmente para nosotros, una solución conocida. Su ignorancia no puede en adelante hacer víctimas…¿cuál es el freno que contiene a millones de hombres, con sus pasiones desatadas y embravecidas como las olas del mar? Un voto de diferencia…y el sentimiento del deber”
Un texto del presidente Avellaneda del 15 de abril de 1877 recordando a Mariano Moreno, “la primera víctima inmolada en aras de una de esas cuestiones que hemos llamado orgánicas y que nos han conducido tantas veces al desquicio o a la batalla. Todos la conocen” ¿Todos?
Imágenes: Secretaria de Cultura Comodoro
Fecha de Publicación: 20/12/2023
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