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La Democracia según Alberdi

El jurista latinoamericano más célebre en el mundo del Siglo XIX, Juan Bautista Alberdi, y su propuesta de una democracia planetaria. Y en Paz. Nuevo capítulo del apasionante recorrido en homenaje a los 40 años del retorno de la Democracia

Editorial
Juan Bautista Alberdi

“Ya el olfato de la democracia se apercibe con razón, que el oro de las cruces es para cubrir la sangre, como los perfumes en los climas ecuatoriales para disimular la putrefacción” denunciaba Juan Bautista Alberdi en París en 1870, asistiendo al conflicto franco-prusiano como el ausente que nunca se fue del país. Patria lejana la cual bien le había enseñado un compendio bárbaro y civilizado de los crímenes de la guerra. Repudiado por los gobernantes nacionales, el presidente Sarmiento prometía recibir a la mente de la Constitución Argentina a “pedradas y esposarlo de inmediato para echarlo a un cárcel”, el tucumano sobrevivía apenas con un rentas de una propiedad chilena mientras el estado compatriota adeudaba remuneraciones por sus servicios para la Confederación Argentina por decisión de la presidencia de Mitre.

Muerta Confederación como moriría el presidente Urquiza ese mismo año, a quien nunca conoció personalmente, pero ayudó a su proyecto liberal y antiporteñista con su enorme talento intelectual volcado en la Carta Magna. Pero para llenar el estómago debió concursar como un pobre exiliado más con unos escritos que irían a un libro que nunca se publicó, “El libro sobre América”, en un concurso de ensayos a fin de llamar a la paz mundial, que tampoco se editarían en vida de Alberdi. Once años después de la muerte del notable jurista latinoamericano, respetado en Estados Unidos y Francia, en 1895 aparecerían agrupados en “El crimen de la guerra”. Un libro que parecía venir del futuro, ese que imaginó Alberdi para la Argentina, en paz, concordia, trabajo y progreso.

Un pueblo-mundo que progresara en paz, la democracia de garantía de la misma armonia entre naciones, un halo democrático nacido de la misma soberanía de los pueblos, la democracia radical que horizontalizaba las decisiones -pese a la mirada peyorativa que tuvo el Alberdi mayor de los sectores populares-, la injusticia social que es en fin cualquier guerra, son algunas de estas ideas que venían del socialismo romántico de la juventud de Alberdi, un aspecto -socialismo- que pone de los pelos de punta a más de una historiador conservador. Un pacifismo que no se condecía con los europeos, el abogado latinoamericano un precursor denunciante de lo que luego se llamaría “carrera armamentística” y su íntima relación con el capitalismo. Y tampoco calzaba con sus compatriotas, que elevaban a héroes de la civilidad las facetas militares de San Martín y Belgrano (sic), o proseguían con las “patrullas preventivas” que liquidaban las últimas montoneras federales.

Alberdi, Soldado de la Paz y la Democracia

Mismo espíritu de hermandad que intuía la necesaria organización de estados, en un anticipo de lo que serían la Sociedad de las Naciones -¡hasta previó en “El crimen de la guerra” de 1870 el fracaso de este primer intento pannacional en 1919!- y la Organización de las Naciones Unidas -¡se imaginó en 1870 a los Cascos Azules, o sus “Soldados de la Paz”!- Todas realizaciones que solamente en democracia se cumplirían pero no en una de puertas cerradas, repetía el abogado tucumano, sino que extendida a todos los hombres del mundo, iguales ante la Ley, sostiene el adalid del liberalismo constitucional:

“La gran faz de la democracia moderna, es la democracia internacional; el advenimiento del mundo al gobierno del mundo; la soberanía del pueblo-mundo, como garantía de la soberanía nacional”, aparece en el capítulo LIV “La democracia internacional y la soberanía nacional” de “El crimen de la guerra”. Y continúa Alberdi, en su mundo decimonónico de democracias nacientes pero condicionadas, muy similar a este milenial de libertades amenazadas en los cinco continentes:

“Ese pueblo y su soberanía se elaboran y constituyen por sí mismos, en virtud de las leyes naturales que presiden el desarrollo individual y colectivo del hombre y a su naturaleza indefinidamente perfectible. El principio natural que ha creado cada nación, es el mismo que hará nacer y formarse esa última y suprema nación compuesta de naciones, que es el corolario, complemento y garantía del edificio de cada nación, como el de cada nación lo es del de sus provincias, departamentos, comunas, familias y ciudades.

La idea de la patria, no excluye la de un pueblo-mundo, la del género humano formando una sola sociedad superior y complementaria de las demás. La patria, al contrario, es conciliable con la existencia del pueblo multíplice compuesto de patrias nacionales, como la individualidad del hombre es compatible con la existencia del Estado de que es miembro. La independencia nacional será en el pueblo mundo, la libertad del ciudadano-Nación, como la libertad individual, es la independencia de cada hombre, dentro del Estado de que es miembro.

Cada hombre hoy mismo tiene varias patrias que lejos de contradecirse, se apoyan y sostienen. Desde luego la provincia o localidad de su, nacimiento o de su domicilio; después la Nación, de que la provincia es parte integrante; después el confínenle en que está la Nación, y por fin el mundo de que el continente es parte”, cierra en la visionaria mirada de la diversidad alberdiana que es a la vez globalización, cada vez más acentuada en la capitalismo tardío, e identidad, cada vez más cascoteada entre IA y vidas fluídas.

Multiplicar es la tarea de la democracia

“¿Cómo se forma un poder general? Multiplicando los poderes locales. Cuando en lugar de cinco grandes Estados haya veinte, el poder de cada uno será menor. Luego las grandes aglomeraciones no son contrarias a la constitución de la sociedad internacional en un poder de más en más democrático”, dice en otro apartado de “El crimen de la guerra”. Cuando Alberdi volvió en 1879, a pedido de sus coprovincianos presidentes Avellaneda y Roca, se abrazó con Sarmiento, que lo recibió con sumo respeto, sin piedras en la mano. Tal vez el sanjuanino reconociendo que la prédica alberdiana antimilitarista, republicana y democrática de las cartas quillotanas, la famosa polémica de casi treinta años atrás, era una misión urgente para consolidar la Organización Nacional. Bartolomé Mitre, quien había condensado el poder desde 1852 en su accionar centralista, fraudulento y porteñista, no solamente atacó la figura de Alberdi con injurias y calumnias, sino que boicoteó el nombramiento del respetadísimo autor de las “Bases” de embajador en Europa. Dos modelos de Democracia y Estado liberal, dos modelos de pro-hombres, Alberdi y Mitre.    

 

 

Imagen: Infobae

Fecha de Publicación: 17/06/2023

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