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La culpa es solo nuestra.

¿Cuándo fue que empezamos a delegarle nuestra felicidad a un puñado de jóvenes? ¿Cuándo será que no nos de culpa ser un gran país?

Editorial
La culpa es solo nuestra

Pensaba por qué el fútbol es tan importante en nuestra vida. Por qué si ganamos un partido somos los mejores del mundo, pero si perdemos una final de copa somos los peores. Por qué el club nos maneja el humor en el trabajo y la Selección nos maneja el humor en el país. Que si pierden, sentimos culpa.

¿Cuándo fue que empezamos a delegarle nuestra felicidad a un puñado de jóvenes de no más de 25 años? ¿Cuándo el fútbol dejó de ser un deporte, o un espectáculo (o un gran negocio, como planteó Carlos Salvador Bilardo hace 30 años), para ser el motor de nuestras vidas? Planteado así, suena a que no es verdad; a que no hacemos eso. Pero así somos. No es difícil que una pasión se apodere de un pueblo apasionado. Que la pasión al extremo se gane a un pueblo extremista.

Creo que fue allá por los ´40, cuando dejamos de ser un gran país y empezamos a declinar. Cuando nos empezaron a dar pan y circo y lo agarramos, en vez de protestar. Cuando metimos la cabeza en la tierra, para no ver cómo nos íbamos a la mierda como país. Y allá, nuestros sueños de inmigrantes. Nos quedamos con lo único que nos daba una alegría. Y como un equipo no puede ganar siempre, llevamos al extremo las alegrías y las tristezas.

No se cómo se soluciona. Solo sé que no vamos a cambiar. Claro, a menos que maduremos y queramos ser de nuevo un gran país. El mejor país del mundo, sin culpa.

Pasión y rivalidades futboleras como identidad nacional

River o Boca, Maradona o Messi, Unitarios o Federales; los argentinos siempre nos la ingeniamos para ver rivalidades en todo. Y lo que comenzó como una chicana futbolera se termina convirtiendo en una bandera que nos domina la vida. Y no hablo solo de fútbol.

El fútbol es solo una de las tantas maneras en las que nuestra identidad dicotómica toma forma. Llevamos nuestras pasiones hasta las últimas consecuencias. Nos alimentamos de fundamentalismos para defender nuestra posición a ultranza en detrimento de cualquier posible análisis lógico.

Eso no es sano. Ni en el fútbol, ni en la vida. No es bueno dejarse llevar por el fanatismo porque eso nubla la perspectiva. Vemos las cosas desde un único lugar y todo lo demás lo consideramos basura. Esta bipolaridad subyacente niega la posibilidad de enfoques intermedios y nos condena a una sociedad extremista y polarizada. Nos divide poco a poco en tanto no nos es posible encontrar un punto de consenso.

Y cuanto más nos polarizamos más nos alejamos de ese punto intermedio que podría unirnos. Por eso creo que es importante sacarnos este estigma futbolero de las rivalidades. Los extremos solo sirven para distanciarnos y nos muestran la realidad bajo un manto de subjetividades.

¿Cómo encontrar el camino del centro?

Es difícil encontrar el consenso cuando nuestra identidad siempre estuvo compuesta a base de polarizaciones. La primera “rivalidad” argentina surgió en la época de la revolución. Debíamos elegir entre ser colonia o una nación independiente. Luego nos encontramos en la época de Rosas con la dicotomía entre Unitarios y Federales. Y así fuimos avanzando a lo largo de la historia. Peronismo-Antiperonismo; Kirchnerismo-Antikirchnerismo y así ad infinitum.

¿Cómo podemos volvernos moderados si siempre fuimos extremos? Quisiera tener la respuesta, pero no la tengo. Solo puedo decir que para encontrar el camino del centro debemos buscarlo. Debemos intentar sacarnos la venda de la polarización para ver más allá de lo que nos muestran. Buscar en lo más profundo de nuestra mente ese espíritu crítico y cuestionador que nos compele a no conformarnos con cualquier cosa. A no aceptar ideas ciegamente solo porque nos resulta cómodo. Cuestionemos, investiguemos, seamos críticos y no defendamos una bandera porque sí.

Fecha de Publicación: 24/06/2018

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