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Joaquín V. González. Hacia el porvenir argentino

Con motivo del Centenario el pensador y jurista riojano publica “El Juicio del Siglo”. Un texto fundamental, editorial visionario, que rescatamos del arcón de la memoria que no calla.

Engrendros del odio. Contra las grietas combatió Joaquín V. González durante su dilatada trayectoria política, docente y periodística que cerró el ciclo conservador, el riojano un orgulloso último mohicano, y abrió la democracia de masas. Incómodo en los límites de los hijos de la Generación del 80, mente liberal que proponía leyes obreras modernas y restringía el sufragio universal, González es un personaje fundamental en la época, de la magnitud de Carlos Pellegrini y Roque Sáenz Peña. Como pocos representó el último cartucho civilizado de las clases terratanientes -crítico feroz el riojano de los latifundios-, en medio de las censurables Leyes de Residencia y Defensa Social,  antes de la represión armada inaugurada en el golpe del 30.  Y como casi nadie de su clase revalorizó las tradiciones y las historia grande, sin exclusiones ni cancelaciones, que permitan tejer una identidad argentina múltilple. Fue González quizá el primer historiador que reconoció la importancia de los pueblos originarios, desde las clásicas páginas de “Mis montañas”, en la conformación del ser nacional y en los procesos de Independencia.

Sin embargo jamás González se percibió como historiador sino como un pensador que interpretaba la Historia para sostener juicios y análisis prospectivos. Desde un cariz positivista, respeto a las leyes, libertad y deber son los ejes de su ingente producción, que tiene en “El Juicio del Siglo. Cien Años de Historia Argentina” la piedra angular, publicado en el diario La Nación entre marzo y mayo de 1910. Por ejemplo lo que entiende como la “mala” historia, aquella preñada de esquirlas ponzoñosas de la arena política contemporánea, allá y acá:    

“Como en una familia el padre o el maestro cuidan de que los niños no oculten sus defectos, o no simulen virtudes o cualidades que no poseen, en el interminable trabajo de la educación y del gobierno de un pueblo no es honesto ni eficaz en sentido alguno, entender por buena o patriótica política la que consiste en encubrir u ocultar los errores, faltas o defectos colectivos, ni en ostentar de manera sistemática y calculada hazañas, méritos y glorias que si fueron reales ya pesarán en la memoria y en la historia de las gentes por su propio valer, y si no fueron tan positivos o brillantes como la propia vanidad u orgullo los describiese, sólo conducirían a rebajar el concepto de la nación entera ante los demás que conozcan sus hechos y hayan podido compararlos con los propios.

La historia es una enseñanza y una fuerza de expansión en la labor de un pueblo, cuando es verídica, honrada y justiciera; pero en las condiciones contrarias, sólo puede conducir a falsas deducciones y a posiciones engañosas, cuando no equívocas o peligrosas para la propia estimación y respeto

Cómo educar al soberano

Otros de las facetas caras de González fue la educación, que revolucionó cuando fue gobernador de la provincia natal, La Rioja (1889-1891), desde la legislatura provincial y nacional (desde 1885 a su fallecimiento en 1923), ministerios nacionales (entre 1902 y 1906) y rector en La Plata (1906-1918). El educador atacaba el vacío discurso de “Educación, Educación” que no se preocupa en remover capas geológicas que impiden la educación integral, moderna y concreta ciñada a la realidad de un pueblo. En 1910:

“Se comenzó, entonces, por una simulación fundamental, por una suposición de aptitud para una función que debía ser real y efectiva, como quien sobre la hipótesis de que los cimientos de papel de un edificio son de granito, empezase a amontonar sobre ellos la pesada fábrica de ladrillo, piedra y hierro. Se confiaba en la acción educadora simultánea de la escuela, de la cultura ambiente, de la influencia de las altas clases, pero se olvidaba que la una era mezquina y vacilante, la otra no encontraba la adaptabilidad suficiente, y.las últimas se hallaban más interesadas por sus luchas de predominio en mantener acaso el primitivo estado, para arrastrar con más facilidad la masa bajo su influencia.

A esto hay que agregar el error del punto de partida sobre la eficacia moral de esta educación: error científico, error didáctico, y por fin, error político, porque no se hace moral repitiendo la palabra una y mil veces a oídos que no la oyen y a inteligencias que no pueden entenderla, sino engendrando en el alma de la juventud el sentimiento y el concepto por la única vía posible, la de la acción que es enseñanza objetiva, la del ejemplo de afuera y la de una instrucción fundada en el género de conocimientos que mejor desarrollan el hábito honesto, la virtud del trabajo, el espíritu de justicia y el sentido orgánico de la exactitud y la verdad”

Por un Estado digno

“Política nueva. Hacia el porvenir argentino” cierra este breve y contundente escrito pensado en el molde de la posteridad. Luego de un largo juicio al siglo desde la Revolución de Mayo, pasando por las anarquías, tiranías y matanzas -denuncia el asesinato de Chacho Peñaloza por Sarmiento y Mitre, ambos sus mentores-, González augura buen puerto. Faro iluminado y generosa ofrecido “al goce de todos los hombres y pueblos en un banquete eucarístico de fraternidad y solidaridad universal”. Argentina. Mirando la Historia, haciéndola propia con una “rara objetividad y aguda penetración”, acota José Luis Romero, González puede pecar de soñador, pero no sería el único.

“Pueblo hidalgo y valeroso, de fondo honesto y sufrido para la adversidad y el trabajo como hijo legítimo de sus augustos padres, nunca guerreó para su exclusivo provecho; y sus proezas, que no juzgamos menos grandes por no ser más exaltadas en estas páginas, fueron libradas en el altar del ideal y de las aspiraciones de una vasta comunidad de pueblos hermanos de sangre y alta tradición, con quienes formará en los tiempos indestructible e indisoluble familia. La honra justiciera hacia sus mayores, el culto, cada vez más consciente de su pasado glorioso, la meditación más honda y el juicio más sereno y valiente sobre sus propios errores y extravíos lo harán más digno cada vez del legado opulento que recibiera a su aparición en el mundo de la libertad, y más capaz de encauzar su vida futura por sendas rectas, iluminadas y orientadas hacia los más altos destinos que es dado alcanzar a las naciones. Por su propia magnitud territorial, por su raza y por los tiempos en que le tocó en suerte presentarse en la historia, está señalada su ruta; y como mandato supremo imperativo que ha jurado cumplir como programa de vida, puede renovar al mundo confiado en su fuerza, en su labor y en que sabrá labrar su moralidad colectiva, el juramento de los patricios de 1816, 1853 y 1860, de vivir libres e independientes de todo soberano extranjero bajo el amplio escudo republicano, y mantener y engrandecer en el futuro, por la libertad, la justicia, la paz y el cultivo de todas las virtudes esenciales, un Estado digno de ser erigido en hogar y templo de las cualidades e ideales que más enaltecen el alma humana”.

 

ImagenUniversidad Nacional de La Plata

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