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Guillermo Rawson. ¿Y qué hace el gran propietario?

Mente de la fundación de la Argentina moderna y liberal, el Cicerón de su generación, el primer fiscal de la República, el doctor Rawson en un discurso al Congreso fomentando la inmigración en 1870. Y el trabajo, sin prebendas del Estado ni negociados.

Editorial
Guillermo Rawson

“Lo que nos falta, señor presidente, es la aplicación fiel, leal y honrada de la Constitución”, enfatizaba el senador por San Juan, el doctor Guillermo Rawson, en el recordado debate de 1875 por la ley de amnistía que impulsaba su compañero de banca provincial, Domingo Faustino Sarmiento. Con ella se exculpaba a todos los involucrados en la sangrienta revuelta del año anterior,  “salvo a quienes tenían tropa a su mando”, aunque incluso a éstos, en “circunstancias” que evaluaría el Poder Ejecutivo, serían librados de proceso judicial. Y contra este ensayo temprano de obediencia debida se alzaba la voz del doctor Rawson, contra esta atentado a las leyes de la República que libraría a su antiguo jefe, Bartolomé Mitre, ahora golpista. También enfrentaba una vez más a Sarmiento, compañeros de lucha contra Juan Manuel de Rosas, ahora distanciados por el uso desmedido de la fuerza contra los opositores que había hecho el sanjuanino durante su presidencia; al cual comparaba con el rosismo para escozor de Buenos Aires. Pocos se animaban a discutir con la oratoria y la erudición de Rawson, padre del higienismo argentino, que deslumbraba en cámaras y aulas del país y el mundo. Mismo hecho se había dado unos años cuando contrarió a la presidencia que impulsaba dineros públicos y prebendas para estimular la inmigración, ese gran fracaso exitoso nacional, antes de la Ley Avellaneda. Y lanzó Rawson desafiante en 1870, quien en la vejez, pobre, donó su sueldo a fin de premiar trabajos científicos, una pregunta que aún resuena en los corrillos de la política “¿Y qué hace el gran propietario?”

“Siendo la población el principio de la industria y el fundamento de la felicidad de los Estados y conviniendo promoverla en estos estos países por todos los medios posibles”, firmaba un decreto Bernardino Rivadavia en 1812, el primero de un gobierno criollo que fomenta la inmigración, en la senda de las proyectos poblacionales de Mariano Moreno y Juan José Paso. Y que tendrá su plasmación en las “Bases” de Juan Bautista Alberdi, texto tomado por los convencionales de 1853 para sancionar la Constitución, en particular en sus artículos 20, asegurando los derechos y la propiedad a los argentinos y extranjeros, y el 25, donde dice que el gobierno nacional “no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las ciencias y las artes”. Si bien estaba dado el marco jurídico nada decía al cómo, una cuestión que quedaría en tensión entre la inexperiencia de organizar colonias, la inveterada desconfianza a lo foráneo y las sacudidas políticas que iban variando desde el contrato a firmas internacionales de colonización e inmigración, empezando con el que se suscribe con Aaron Castellanos en Santa Fe en 1853 –a sólo 22 días después de la sanción de la Constitución-, a la activa iniciativa de los estados provinciales, con la labor pionera del gobernador santafesino Nicasio Oroño, una década después, ante el fracaso y la especulación de los agentes comerciales desparramados en el Viejo Continente. Firmas que se beneficiaban de lo que Rawson llama “estímulos directos a la inmigración”, o sea dinero del Estado que va a parar a manos privadas.   

“Sería la gloria de la administración que lo intentara”

“Los Estados Unidos jamás fueron a solicitar inmigración a Europa, jamás han favorecido la trasplantación de los inmigrantes”, retrucaba Rawson en 1870, conocedor de la Ley de Hogar norteamericana, que daba tierra a precios irrisorios para quien quiera trabajarla, verdadero motor civilizador y democratizador de la autodenominada Conquista del Oeste ya que ni siquiera iban con ejército de línea a la frontera, sin cobrarles en el Norte “condiciones leoninas” a los colonos, ni transformarlos en “arrendatarios” de un gran terrateniente, y  suma, “¿Qué haríamos con un millón de inmigrantes en la República Argentina, cuando ni la Nación tiene tierras ni las provincias saben expedirse, con las que poseen? ¿Qué haríamos con un millón de inmigrantes que vinieran a llenar las ciudades porque no tuvieran un pedazo de tierra que regar con el sudor de sus rostros, para hacer su felicidad y la de su país? Sería una calamidad y una verdadera calamidad que se nos presentase una masa considerable de inmigrantes sin que el país estuviera económicamente preparado”.

Y luego de pedir al Estado que en vez de financiar inescrupulosos agentes invierta en ferrocarriles, vías navegables, telégrafos y caminos, Rawson fija postura, “Yo digo que si hay algo que hacer para fomentar la inmigración, es ofrecer en el país las garantías para la propiedad, es poner la tierra al alcance de los inmigrantes…-y reutilizando los fondos públicos destinados a los firmas internacionales de la inmigración, propender a - la adquisición, por cualquier medio, de territorios al alcance de los inmigrantes a inmediaciones de los ferrocarriles, por los menos una zona de cien leguas –Oroño propuso 20 y terminó derrocado en 1868-, que es un palmo en la República Argentina, adquirirlo, medirlo, amojonarlo y entregarlo a los inmigrantes a bajo precio a condición de que puedan usar de él a su antojo”, sin gobierno ni estanciero que lo expolie. “Sería la gloria de la administración que lo intentara”, espetaba a la administración Sarmiento. Esto no ocurrió, venció el colonial Granero del Mundo frente al capitalismo moderno, y el final de la historia lo conocemos de sobra: mientras que el modelo Estados Unidos recibió entre 1850-1900 a 32 millones de inmigrantes, y en 1900 tenía 6 millones de orgullosos granjeros; la Argentina recibió un poco más de 6 millones de extranjeros, tres volverían a sus países de origen por la falta de “un pedazo de tierra”, y 200 familias latifundistas retendrían millones de hectáreas, casi el país completo. 

¿Quién era Guillermo Rawson?

Su vida es la de un prócer a descubrir, al menos a levantar la vista de paso por su imponente monumento en las avenidas Las Heras y Pueyrredón, Buenos Aires, erigido en 1928 a instancias del presidente Alvear. Nacido el 25 de junio de 1821 en San Juan, hijo del primer maestro que enseñó ciencias naturales y matemática en la provincia, resulta asombrosa su carrera académica en medio de las carencias educativas de la época, al punto que el Claudio Cuenca al darle el título señaló “el libro de la Medicina Argentina está en blanco todavía. El país espera que el doctor Rawson llene ese libro”. Apenas tenía 23 años, educado por los jesuitas, y ya había anticipado los principios del telégrafo eléctrico y la aviación. Ingresó joven a los ámbitos legislativos provinciales, en 1849 fue de los pocos que se opuso a las facultades extraordinarias de Rosas, y nacionales, enfrentado al vencedor de Caseros, Urquiza, defendiendo el libre comercio y la federalización de Buenos Aires.

Ministro del presidente Mitre en 1862 resultó un apasionado gestor destacándose en el avance de los ferrocarriles, las comunicaciones, la inmigración y la administración –a Rawson debemos el primer censo argentino de 1869-, como así también del desarrollo económico basado en pequeños propietarios y la efectiva ocupación federal de la Patagonia. Como padre del higienismo y la medicina social, Rawson combatió las epidemias de cólera (1867-68) y Fiebre Amarilla (1871), no alejándose de la ciudad de Buenos Aires, a la manera que hicieron los gobiernos municipales y nacionales. “La autoridad de Rawson en la cátedra era única, comparable tan sólo a José María de Estrada y Manuel Montes de Oca”, recordaba Eliseo Cantón de su paso por la cátedra de Higiene Pública, que fundara Don Guillermo en 1873, tiempos de su senaduría por Buenos Aires, y que quedarían registradas, como en tantísimos libros de la materia, en el fundacional “Estadísticas vital de Buenos Aires” (1876), “el lector queda asombrado de la erudición, de las observaciones propias, de los juicios críticos, del orden y la claridad de la exposición y de la elocuencia de sus exposiciones”, señalan los comentaristas norteamericanos.  

Volvería el doctor a la Argentina en 1880 para fundar la Cruz Roja Argentina, un 10 de junio, y viviría de magros ingresos de consultorio, sumado a una pensión del Congreso Nacional, recinto donde brilló por su inteligencia por 25 años; que poco paliaban una serie de enfermedades que lo dejaron ciego. Pese a ello en 1885 presentó un informe a la municipalidad cuestionando la falta de medidas sanitarias y la inoperancia estatal en los conventillos, que retomarían los socialistas. Amigos lo ayudan a viajar a París para una fallida operación y fallece el 2 de febrero de 1890. “Quién más se acercara al ideal de la perfección humana”, dijo Mitre el recibir sus restos, duelo nacional decretado por el presidente Juárez Celman; ambos rivales políticos de Rawson.  

La reforma agraria de Rawson

“Me refiero a la ley agraria que acaba de dictarse en Inglaterra”, argumentada Rawson aún incómodos algunos senadores beneficiados con el arrendamiento de tierras de 1857, en la fértil provincia de Buenos Aires, donde habían recibido a precio vil de 15 mil a 30 mil hectáreas fiscales, “por ese ley se atribuye el gobierno inglés el derecho de adquirir las propiedades territoriales despobladas de Gran Bretaña –empezando por la subyugada Irlanda (sic)-, para entregarlas, venderlas a ínfimo precio o regalarlas, a los pobladores proletarios, que han vivido, de generación en generación, víctimas de la miseria y de la codicia de los grandes poseedores de tierras, a quienes se les obliga a entregarlas para este objeto, sin cobrar más que el precio que la ley señala. No puede darse una violencia más grande, no sé cómo ha podido consentirla el pueblo inglés, ¡ese pueblo que ha hecho de la propiedad su religión! Así, señor, aún cuando los lores de Irlanda son los dueños de la tierra, sin embargo, viene una ley y les dice: no señores, ustedes no son los dueños de la tierra, es la Nación, que la necesita para sacar de la miseria…y –a las víctimas- de la codicia y la maldad de los grandes propietarios. Ese ley se ha cumplido y no ha habido un solo lord inglés que levante la voz ante semejante despojo”. Y arqueando los cejas, Rawson agrega displicente, pero con una puntería mortal, porque no hay proyecto a largo plazo, ni cualquier otro, sin antes un discusión primera, “En la República Argentina, señor, hay grandes lores, grandes propietarios de tierra: a la República Argentina llegan millones de extranjeros pobres, buscando un pedazo de tierra para hacerla producir…¿Y qué hace el gran propietario? La retiene en su poder, entregada a los potros, a las vacas y a las ovejas. Yo digo que es preciso sacar la tierra de las manos que las retienen así”, concluía abrazado Don Guillermo con los ideales agraristas de Manuel Belgrano, los chacareros del Grito de Alcorta de 1912 y Lisandro de la Torre. Las últimas palabras de Rawson fueron un 2 de agosto de 1870, “¡No se diga que no hay tierra en un país donde nos ahogamos en ella!” ¡No se diga!         

 

Fuentes: Rawson, G. Polémicas con Sarmiento. Discursos y escritos políticos. Buenos Aires: Editorial Jackson. 1946; Hora, R. Los terratenientes de la pampa argentina. Buenos Aires: Siglo XXI. 2015; Gori, G. Inmigración y colonización en la Argentina. Buenos Aires: Eudeba. 1986.

Imagen: El Historiador

Fecha de Publicación: 03/07/2022

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