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Sociedad Científica Argentina. 150 años de Talento Argentino

Fundada en 1872 por una generación de entusiastas visionarios que pensó y soñó un país, la asociación científica sigue aportando al conocimiento, la difusión y las soluciones de los grandes problemas argentinos. Los verdaderos.

Conocimiento
Sociedad Científica Argentina

Hace 150 años fue la hora cero de la ciencia argentina. Un grupo de jóvenes, muchos de la primera camada de ingenieros egresados en el país, otros alumnos del Nacional Buenos Aires, fundaba la Sociedad Científica Argentina en Buenos Aires. Poco era lo que se había hecho y mucho por hacer. “Lograr el compromiso de los poderes del Estado, los sectores privados, las áreas científico y tecnológicas para incrementar drásticamente la participación de la ciencia en el desarrollo del país, haciendo a ésta un protagonista central del mismo”, es el espíritu hacedor y transformador que nuclea la SCA desde 1872, en la senda de los pioneros Luis Huergo, Guillermo White, Perito Moreno y Estanislao Zeballos. Diversas instituciones científicas y carreras universitarias saldrían de su seno, con influencia regional y mundial, varios proyectos de obras públicas y privadas en el marco del “progreso indefinido” de la Generación del 80 para la Argentina, y un destino de gloria que auguraba los tres únicos premio Nobel en Ciencias de Latinoamérica. Honor y vigencia a la voluntad revolucionaria de Sarmiento que germinó en la Sociedad Científica Argentina, “yo digo que debemos renunciar al cargo de Nación, o al título de pueblo civilizado, si no tomamos nuestra parte en el progreso y en el movimiento de las ciencias naturales”.

Reconocer a Sarmiento en la génesis de la SCA es ponderar su indudable impulso durante  la gestión ejecutiva (1868-1874), con ambiciosos proyectos como el Observatorio Astronómico en Córdoba, el primero en Sudamérica,  o la Exposición de los productos del suelo de la Industria Argentina; ambos seriamente cuestionados y hasta burlados, “en la comisión encargada a recibir al presidente a su llegada –a Córdoba- figuran dos novillos pero no se sabe cuántos carneros”, en el diario satírico El Mosquito.

“Hacer las cosas, hacerlas mal, pero hacerlas” estaba en el ansía modernizadora del Loco Sarmiento, al igual que otro representante de la Generación del 37 Juan María Gutiérrez, que en medio de la nada, sin más antecedentes en el ciencias que los trabajos de Francisco Muñiz, la Asociación de Amigos de la Historia Natural del Plata (1854), la Asociación Farmacéutica Bonaerense (1856), la Sociedad Tipográfica Bonaerense (1857) y pocos más, emprende la locura en 1865 de instituir, a partir de su rectoría de la Universidad de Buenos Aires, el Departamento de Ciencias Exactas, futura cuna de las carreras de matemática, física e ingeniería. Y en cumplimiento de los anhelos de Manuel Belgrano, Gutiérrez contrata en Europa a distinguidos docentes en matemáticas, mecánica, arquitectura y geología, Bernardino Speluzzi, Emilio Rosetti y Juan Remorino, a fin de “formar en su seno ingenieros y profesores, fomentando la inclinación a estas carreras de tanto porvenir para la Nación” De la primera camada de ingenieros formados con estos maestros, que discutieron directamente los objetivos y misiones de la SCA, -salidos entre los denominados “doce apóstoles” de la ingeniería argentina egresados en 1870-, tres resultaron integrantes de la comisión fundadora, Francisco Lavalle, Huergo y White.

Soc Cientifica Arg logo

Sociedad Científica Argentina, que sea Ciencia

Según lo que cuenta Nicolás Besio Moreno, quien sería presidente de la SCA y empezó a reconstruir su historia en la década del Diez, en febrero de 1871 el estudiante Valiente Noailles planteó la idea de un centro que sirviera de unión y fomento de los estudiosos de las ciencias, y sus aplicaciones prácticas, a los ya ingenieros Huergo y Santiago Barabino. Sin embargo discrepó en las reuniones que se realizaban en los alrededores del Colegio Nacional con la moción de una sociedad de científicos, “donde no existían”, recalcó, y se alejó junto a Barabino, en mayo. En junio, en la casa de Ceferino Baltar, Moreno y Bolívar, se consensúa continuar con la quijoteada, entre ellos con un alumno de primer año que resultaría un excepcional jurisconsulto, Zeballos (personaje fascinante que a los quince años era convocado por José Hernández para escribir en sus periódicos). El 20 de junio se remite una convocatoria a los posibles interesados, fruto de la pluma de Zeballos, “los fines de la Asociación se reducen a llenar la falta de una Corporación Científica que fomente especialmente el estudio de las ciencias matemáticas, físicas, naturales, con sus aplicaciones a las artes, a la industria y a las necesidades de la vida social”, y se establece una asamblea abierta en la Universidad -que funcionaba en la Manzana de las Luces- para el 30 de junio de 1872. Habían pasado menos de veinte años de la Constitución Nacional, y una década de la asunción del presidente Mitre, el primero que reconocía toda la República Argentina.

En la casa del ingeniero Rosetti se discutió el proyecto definitivo de la SCA y el 14 de julio, en el Colegio Nacional, leyó el reglamento. Ante 24 personas, la mayoría de la carrera de Exactas que fundara Gutiérrez, el 28 de julio de 1872 se da nacimiento oficialmente a la institución con el nombramiento la Comisión Directiva: Huergo, presidente; Augusto Ringuelet, vice; Carlos Stegman y Justo Dillon, secretarios; Ángel Silva, tesorero; y los vocales White, Lavalle, Ramorino y Juan Levy. Como un bien profundamente argentino, una composición inmigrantes y criollos. Y la primera sede fue una habitación en la calle Reconquista 93. Este hecho fundacional de la SCA, la sociedad más antigua del país en compañía a la Sociedad Rural (1866), argumentaría Besio Moreno en 1934, “significó el término de la hegemonía extranjera en el estudio del territorio y dominio de las ciencias del país”. Fue un acto de soberanía nacional, como quedaría demostrado con los sucesivos financimientos a la expediciones en Patagonia y Chaco, varias del socio Perito Moreno, a duras penas apoyados por una institución que se mantiene desde sus orígenes por el aporte de sus socios.

¿Quién era Luis Huergo?

“Todos conocemos uno de los rasgos más característicos de su personalidad, la generosidad. Ella lo condujo alguna vez al borde de la ruina, sin que saliera una palabra de protesta”, diría Barabino de Huergo, que realizó enormes aportes el país en la minería, hidráulica y vialidad; y abrió el camino de la defensa del petróleo que Enrique Mosconi concretaría en Yacimientos Petrolíferos Fiscales, la empresa más valiosa de los argentinos. Su colega seguramente pensaba en la agria polémica en la construcción del puerto de Buenos Aires, que en 1881 originó que se alejara de la administración pública, habiendo sido legislador provincial y funcionario nacional, y denunciando uno de los casos de corrupción más escandalosos, el Puerto Madero en la presidencia Roca. Que fue operativo menos de veinte años, largamente excedido en costos, totalmente ineficiente, y languideció un siglo hasta que hoy tiene mejor vida como nuevo barrio porteño. Recién en los novecientos se optaría por el proyecto Huergo con el Puerto Nuevo (1926. Primer puerto de transatlánticos y barcos de gran envergadura de Latinoamérica), aún operativo en Costanera Norte.

“El ingeniero Huergo ha podido, pues, tener la buena fortuna de indicar el verdadero camino para salir del atolladero en que se encuentra el centro comercial mas activo del mundo, casi igual con el del Támesis. Sino es de tanta magnitud su hallazgo, será siempre una valiosísima adquisicion la de un puerto secundario para la marina de cabotaje, y buques menores que ofrezca abrigo y desembarco seguro, pues en ello habría un inmenso beneficio para el comercio", vislumbraba Sarmiento en 1878 en el diario El Nacional, señalando el Plan Huergo para resolver el problema -sin solución aparente a lo largo de tres centurias- del Riachuelo. Semejante respeto generaba el ingeniero y topográfo, además activo en las sociedades geográficas vitales para demarcar los límites de la joven República, que se agrandaba en los claustros universitarios y en la flamante SCA.  Por Huergo se celebra el 6 de junio el Día del Ingeniero en la Argentina, fecha de su graduación y que suele repetirse como el primer titulado criollo, aunque el primer argentino en rigor fue Prilidiano Pueyrredón, egresado de la École Polytechnique de Francia.

Sus años finales, tras largos viajes de estudio por Estados Unidos y Europa para aplicar con una mirada nacional los adelantos en puertos y vías navegables, y asesoramiento para los accesos fluviales de Montevideo y Asunción, Huergo los invirtió en una denodada defensa del petróleo contra los monopolios extranjeros, haciéndose cargo de la dirección de la antecesora de YPF en 1910 y, ordenando sobre las miradas displicentes o la desidia estatal, las primeras remisiones del oro negro refinado desde Comodoro Rivadavia. Enmarcaba Ángel Gallardo en los días de su fallecimiento, el 4 de noviembre de 1913, “Huergo ha sido el primer ingeniero, no solo en orden cronológico sino también por sus virtudes y su labor profesional”.

La tevé en Buenos Aires, 1878

El impacto de la SCA en el desarrollo productivo, tecnológico y social argentino es difícil de medir. Desde las vanguardia del conocimiento y ciencia aplicada, que tienen la marca de origen en la acción temeraria de Huergo, Zeballos y varios fundadores, a la geología, la geografía, la matemática, la museología o bibliotecología en concreto, asombra saber que solamente se asociaron 49 profesionales en 1872, y que fines del siglo XIX, apenas rozaba los 200. Nunca tantos le debemos a tan pocos. El Club Industrial Argentino, abono de la Unión Industrial Argentina de 1877 y de toda la Industria Nacional, se alimenta de la prédica industrialista de varios de los socios de la flamante Sociedad, “cuando la industria nacional abastece su propio consumo con la elaboración de su propia materia prima, se halla libre de crisis”, en las líneas de Vicente López dentro del célebre debate parlamentario de 1871, que caería en el destino de Granero del Mundo. Este clima industrialista permea a la SCA y en 1875 organiza en el Colegio Nacional una exposición-concurso que “fomente la ciencia aplicada en la industria”, e incorpora como socios a los primeros industriales locales como Melville Sewell Bagley. Las palabras inaugurales serán de Guillermo Rawson, el primer honorario por “su amor a la ciencia”, en 1874. Además la Oficina de Patentes esa edición participó con varios de los primeros inventos nacionales. Al mes de finalizar la exposición del SCA en 1875, que presentó al puñado de fundadores y marcas que impulsaron una manufactura líder en el continente por un largo siglo, se fundaría el Club Industrial Argentino.

Las preocupaciones de Huergo y White en la obra pública, en particular las comunicaciones y las obras sanitarias, necesaria para modernizar un país que parecía anclado en el Virreinato, partieron también de la SCA. En sus jornadas, actas y publicaciones aparecerían los adelantos de los proyectos portuarios y ferroviarios de Huergo y White, los planes de aguas corrientes en la provincia de Buenos Aires y la Capital de los “doce apóstoles de la ingeniería”, los adelantos en ciencias naturales de los positivistas o los avances de la medicina de los fundadores cirujanos, o el necesario Cero Normal, que permite edificar cualquier construcción desde el siglo XIX. Todos partieron de trabajos analíticos que plasmaron antes en papel los socios.

Allí en el campo editorial cabe otro mojón: desde 1876 se edita regularmente “Los Anales de la Sociedad Científica Argentina”, que recogiendo en 2022 los aportes mutidisciplinarios de cualquier área de la Ciencia, se constituye en la publicación más antigua científica en el país y América Latina; y de las más longevas en general midiendo los diarios La Nación (1870) y La Prensa (1869). En esas páginas el profesor Rosetti publica “Teléfono” en 1878, unos meses después que los miembros de la SCA prueban esta maravilla tecnológica por primera vez en Buenos Aires, junto a un micrófono y un fonógrafo, en el Nacional Buenos Aires, asombrando al presidente Avellaneda. Y, casi al pasar, como quien no quiere la cosa, el físico y matemático italiano anuncia la televisión, “se habla también del electroscopio, por medio del cual se podría ver a una persona o un objeto cualquiera a toda distancia” James Clerk Maxwell en 1873 había descubierto la existencia de las ondas electromagnéticas, capaces de transmitir señales de televisión y radio, pero recién en 1926 el ingeniero John Logie Baird logra la emisión de las primeras imágenes en la pantalla de un televisor. En la lejana Buenos Aires, los miembros de SCA, ya vivían en el futuro.

 

Fuentes: Nicolau, J. C. Historia de la Sociedad Científica Argentina en el Siglo XIX (1872-1900) en revista Anales de la Sociedad Científica Argentina. Volumen 231 Nro. 1. 2002. Buenos Aires; Babini, J. Historia de la Ciencia Argentina. Buenos Aires: FCE. 1949; Camacho, H. Las ciencias naturales en la Universidad de Buenos Aires. Buenos Aires: Eudeba. 1971; cientifica.org.ar

ImagenSociedad Científica Argentina

Fecha de Publicación: 19/08/2022

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