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Sara Bartfeld de Rietti: por la democratización de la ciencia

Sara Bartfeld de Rietti fue la primera química nuclear de la Argentina. A lo largo de su vida, luchó por un modelo científico propio para Latinoamérica y por lograr que las mujeres tuvieran su lugar en el campo de la ciencia.

Lo que ahora damos por sentado, para generaciones anteriores, era quizás solo un sueño. Por ejemplo, que una mujer trabajara en igualdad de condiciones con un hombre, en otros tiempos, era casi una utopía. Pero, por suerte, hubo pioneras que fueron abriendo el camino a las que vendrían detrás y lograron que hoy las cosas se equilibraran bastante, aunque no completamente todavía. Sara Bartfeld de Rietti, la primera química nuclear de la Argentina, fue una de ellas.

Sara Bartfeld nació en 1930, en el seno de una familia inmigrante, con un padre ucraniano y una madre polaca. Estudió Química en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEN) de la Universidad de Buenos Aires y, allí, hizo mucho más que formarse como profesional: desarrolló un sentido político que la acompañó hasta el final de sus días. También conoció a Víctor Rietti, quien se convertiría en su marido y padre de sus tres hijos. A lo largo de su vida, militó por las causas que ella creía más urgentes: una ciencia latinoamericana al servicio de la sociedad y el lugar de la mujer en un ámbito tan complicado como ese.

En 1953, rindió su última materia en la Comisión Nacional de Energía Atómica y se convirtió en la primera mujer química nuclear de la argentina. Al año siguiente, comenzó su doctorado y pasó los siguientes diez años estudiando los hidruros de boro, que son compuestos usados en la tecnología aeroespacial. Se recibió de doctora en 1963. En la FCEN se desempeñó como docente e investigadora en el departamento de Química Inorgánica y Fisicoquímica.

Entre dictaduras

Nada detuvo a Sara en la lucha por sus ideales. Cuando, en 1966, la dictadura de Onganía intervino la facultad donde trabajaba, ella resistió: vivió de primera mano la Noche de los Bastones Largos, pero no se dejó el país luego de los sucesos. A pesar del riesgo que corría, ayudó a sus colegas que estaban en peligro a exiliarse a tres puntos diferentes: Chile, Brasil y Venezuela. Si tenían que abandonar su país, ella quería que siguieran trabajando dentro de los límites del continente latinoamericano, para que siguieran aportando a un modelo de ciencia que se diferenciara del de los países centrales.

Para ella, los problemas, los objetivos y los intereses de la ciencia en Latinoamérica nada tenían que ver con los de los países centrales, y dedicó su carrera a armar un nuevo paradigma. Creó, junto a otros colegas, el Centro de Estudios en Ciencia y fue parte del Consejo Directivo del Centro Editor de América Latina y del Centro de Planificación Matemática.

Diez años después de la Noche de los Bastones Largos, una nueva dictadura golpeó las puertas de la Argentina. En 1976, cuando el Proceso de Reorganización Nacional tomó el poder, ella estaba trabajando como directora de Coordinación en el INTI. Y esa vez tampoco huyó: bajó su perfil y se quedó en el país trabajando en un proyecto ambiental hasta que regresó la democracia.

A partir de 1983, con las instituciones nuevamente en funcionamiento, se convirtió en la jefa de Gabinete de Manuel Sadosky, quien había asumido como secretario de Ciencia y Tecnología del presidente Raúl Alfonsín. En su nuevo rol, ayudó a repatriar a sus colegas exiliados para que pudieran volver a casa. Con el tiempo, también regresó a la Universidad y, en 1991, se puso al frente de la maestría en Política y Gestión de la Ciencia y la Tecnología.

Latinoamericana y mujer

Desde su época de estudiante, Sara Rietti fue consciente de que su condición en el campo de la ciencia tenía una doble desventaja, por ser latinoamericana y mujer. Por eso abrazó ambas causas y dedicó su vida a pelear por la democratización de la ciencia y por que las mujeres tuvieran su propio lugar en ese ámbito.

Formaba parte de la Red Argentina de Género en Ciencia y Tecnología (RAGCyT) y fomentó una ciencia que tuviera en cuenta los problemas de nuestra región, tan diferentes a los de los países centrales. Falleció en 2017, pero dejó su huella en las generaciones que la siguieron, esas que pretenden que la ciencia no se quede en el laboratorio, sino que salga a las calles y se ponga al servicio de la gente.

 

 

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