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Los “fósiles” del patrimonio arquitectónico. ¿Qué hacer con ellos?

Reflexiones originadas en el anuncio de la recuperación de los despojos de un pabellón icónico de los festejos del Centenario en 1910, el Pabellón del Servicio Postal diseñado por Virginio Colombo. Hoy, abandonado, en Palermo.

Conocimiento
Pabellón del Servicio Postal
Por José Sellés-Martínez- Dpto. de Ciencias Geológicas- FCEyN - UBA.

En el ámbito del patrimonio arquitectónico, el tiempo que transcurre desde el momento en que se reconoce académicamente que una construcción determinada reúne los valores necesarios para ser considerada bien patrimonial, hasta que se produce el hecho administrativo que conduce a su protección, puede ser increíblemente largo, de modo tal que, cuando llega el decreto imprescindible, del edificio en cuestión suele quedar ya muy poco... ¿Qué hacer entonces con estos restos esqueléticos de la obra original, corrompidos por las inclemencias del tiempo, descarnados de sus materiales más valiosos por el saqueo y vandalizados por el sólo placer de destruir?

Naturalmente, no pueden ser incorporados al patrimonio en el estado en que se encuentran. Y ahí comienzan los problemas. Los criterios con los que se evalúa la “recuperación” de estos bienes son complejos y, además, variables en el tiempo aún dentro mismo de las comunidades de historiadores, arquitectos, arqueólogos y otros profesionales vinculados al tema. Los criterios están, además, sesgados por el grado de protección que se ha asignado (sólo la fachada o todo el edificio, por ejemplo) y, sobre todo, por el destino que se dará a ese bien (no es lo mismo recuperar un edificio para instalar un museo que para desarrollar un centro comercial). Otro detalle no menor a tener en cuenta, es si el propietario del mismo es el estado, una institución no estatal, una empresa comercial o un particular.

Pabellón del Servicio Postal

La primera discusión que se presenta es hasta dónde “intervenir” los restos disponibles. Una situación bastante extendida, es la de evitar una reconstrucción al estado inicial, pues se considera que se trataría de un “falso histórico”, expresión tan de moda como “puesta en valor Y tan poco clara como ella. Una cosa es un “anacronismo”, es decir algo que se reforma o reconstruye en un estilo que nunca tuvo o que se construye desde cero en el presente, pero en un estilo no contemporáneo. Otra cosa muy diferente es restituir un edificio a su aspecto original. Esto no puede ser considerado en modo alguno un “falso histórico” por cuanto, siendo fidedigno al aspecto original no puede ser considerado falso, aún cuando los materiales que se utilicen sean diferentes de los originales. Es, pura y simplemente, una reconstrucción al diseño original. Falsa es, evidentemente, cualquier otra intervención que se haga sobre él y desvirtué su forma y función original. El mundo está lleno de malversaciones conceptuales que han destruido el patrimonio que debían proteger y son sólo el producto del ego de los arquitectos o el poder de los emprendimientos inmobiliarios.

En Argentina, sí se puede

Los edificios y monumentos de valor patrimonial no lo son por los ladrillos y metales que contienen, sino por su diseño y función, por lo que representaron en el momento de su construcción y también por la historia y el patrimonio no tangible a los que se asocian. Debe resaltarse que el gran destinatario de la obra de identificación y preservación del patrimonio no es el colectivo de especialistas académicos sino la sociedad en general, que merece poder conocer cómo fueron esas construcciones y monumentos, sus historias y contextos. La población no puede ser considerada un observador desinteresado y pasivo de las transformaciones operadas sobre esos edificios que el tiempo y la incuria han transformado en "fósiles" y que muchas veces se le presentan reciclados y disfrazados de lo que nunca fueron.

Haciendo un paralelo paleontológico, los huesos pelados y rotos de un dinosaurio no son un dinosaurio. Un esqueleto de dinosaurio disfrazado de jirafa con la excusa de que los dinosaurios ya no existen tampoco es un dinosaurio.  Un dinosaurio es un animal que vivió en una determinada época, tuvo un cuerpo con determinada forma y tamaño y se desenvolvió de una manera determinada en un ecosistema determinado. La educación, en este caso, radica en enseñar a comprender la vida y los ambientes del pasado a la población, no en presentar al lego un conjunto de huesos incomprensibles, por más que los mismos constituyan un tesoro para la ciencia. Pero (los “peros” suelen ser importantes) tampoco radica en crear seres fantásticos a partir de esos restos óseos. Para re-crear los cuerpos y los ambientes del pasado es necesario encarar un proceso de estudio en el que intervienen numerosas especialidades que ayudan a definir cómo puede haber sido su musculatura, su piel, su aspecto e incluso sus hábitos. Los huesos hallados son sólo el punto de partida cuyo resultado es la recreación del organismo y su entorno. En el caso de los edificios de relativamente escasa antigüedad, como son la mayoría de los que constituyen el patrimonio en la Argentina, se cuenta incluso con los planos y hasta fotografías que permiten su reconstrucción fidedigna con mucha mayor facilidad que en el caso de los fósiles.

Pabellón del Servicio Postal

“Errar es humano, remodelar es divino”      

Si la declaración de bien patrimonial sólo sirve para que el “fósil” de un edificio no sea demolido, sin evitar que sea transformado en lo que nunca fue y del mismo no quede más que una pintoresca sombra proyectada de acuerdo a los intereses de quién instala las luces, la declaración ha servido de bien poco. No aportará nada a la educación ciudadana. Será un triste esqueleto de dinosaurio disfrazado de jirafa. No brindará a nadie la posibilidad de introducirse en la historia grande, chica o cotidiana del lugar. En el mejor de los casos, sólo servirá de marco visual a otra cosa.

Del mismo modo que a nadie se le ocurriría restaurar un cuadro dañado creando un nuevo personaje que nunca estuvo en el original, conservar un bien patrimonial arquitectónico nunca puede consistir en transformarlo en otra cosa diferente de lo que fue. No se está “conservando” algo si se lo “transforma” en otra cosa. En esta prestidigitación se esfuma el sentido de “bien patrimonial” y, en tanto y en cuanto dicho bien pierde su identidad y sus rasgos distintivos, deja de ser tal y se convirte en un “engendro patrimonoide”, por más que una ley o una placa digan otra cosa.

Errar es humano, remodelar es divino” dijo alguna vez el recordado humorista Landrú refiriéndose a un intendente porteño; pero las remodelaciones e intervenciones llevan siempre a híbridos que, como bien dice el saber popular “no son ni chicha ni limonada” y, lamentablemente, aún cuando puedan gozar de su momento de gloria (en función de la fama y poder mediático de sus autores o promotores) su destino es siempre trágico. Una vez alterada la esencia de una obra ya no hay excusa para no seguir modificándola en cada oportunidad en que alguien tenga el interés y los medios para hacerlo. Una y otra vez… hasta que ya no queden ni los huesos del dinosaurio original.

 

Imágenes: Télam

Fecha de Publicación: 13/03/2023

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