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Mi profe de Historia

Eduardo sabía de Historia y sabía contar historias. Lo hacía simple, lo bajaba a la realidad, al presente, a nuestra adolescencia.

En el secundario tenía un profesor de Historia de esos a los que te dan ganas de escuchar por horas, a pesar de tus 15 años, de las 7 de la mañana y del frío horrible del invierno. Era un profe joven, pero parecía que ya estaba de vuelta. Sabía lo que hacía, conocía lo que enseñaba, y había algo aún más importante: sabía cómo contarlo.

Eduardo sabía de Historia y sabía contar historias. Lo hacía simple, lo bajaba a la realidad, al presente, a nuestra adolescencia. Lo sacaba de los manuales y lo convertía en vida, en algo palpable. Era de esos profes que dejan una marca para siempre, o al menos así fue para mí.

Debe haber sido por eso que, algunos años después, no me sorprendió enterarme de que estaba escribiendo. No me sorprendió que sus cuentos de fútbol causaran sensación y tampoco lo hizo que una película basada en una de sus novelas ganara nada más y nada menos que un Oscar.

Porque la gente que la rompe, la rompe en todo lo que hace. Eduardo Sacheri la rompía como profe en el Santo Domingo y la rompe como escritor, porque nunca hizo las cosas como el resto. Sacheri es exitoso porque no hay otro destino para la gente talentosa.

De profesor de Historia a creador de historias

Eduardo Sacheri se recibió de Licenciado en Historia en la Universidad Nacional de Luján. Cuando se anotó en la carrera no tenía en su radar la idea de ser docente en un curso de adolescentes. Se imaginaba en el ámbito universitario como profesor o investigador del Conicet. Pero el terreno académico lo defraudó muy rápidamente “una comunidad muy estrechita de historiadores me defraudó muy rápido, me sentí como en una secta pequeña y muy aburrida”, confesó en una entrevista.

“La vida me fue llevando para otro lado y tuve que dar clases en el secundario, pensando que no me iba a gustar y resultó que me gustaba mucho. Para mí fue una sorpresa". No tenía los mejores recuerdos de su paso por el secundario. Durante su adolescencia respetaba y quería a muy pocos profesores, eran pocas las materias que le interesaban y temía que a sus alumnos les pasara lo mismo. Pero la historia no tiene por qué repetirse. Y eso le quedó muy claro cuando comenzó a dar clases. "Creo que si uno tiene un recuerdo fuerte de su secundaria también sabe qué es lo que querría evitar como docente", dice.

Su amor por la Historia, y por las historias, comenzó en su niñez. Perdió a su padre cuando tenía tan solo 10 años y, como su madre trabajaba todo el día, pasaba mucho tiempo con su abuela. Ella siempre le contaba historias: “No era tanto de las historias inventadas para contar, sino que era una muy buena narradora de nuestro pasado familiar”.

A eso le atribuye su deseo de estudiar Historia, ya que siempre le gustó interrogar sobre las historias, tanto las ficticias de la literatura como las de la memoria de la gente: la privada o familiar y la colectiva. Considera que a la historia la construimos como relato. Es una ciencia, pero primero es una narración. Una narración que busca comprender los hechos que acontecieron. Se puede trazar un paralelismo con la escritura de ficción, con la diferencia de que, en este caso, se trata de un recorrido más personal. Escribir para entender y para tolerar la vida misma.

Cuando nos interrogamos como historiadores lo hacemos sobre una sociedad o una cultura, cuando escribo ficción siempre me estoy preguntando sobre cuestiones mías, que a lo mejor no tengo del todo claras en el momento”.

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