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La leyenda que cayó al Chaco. Mesón de Fierro

Uno de las mayores atractivos turísticos nacionales acuna la larga historia de aventureros y mentes afiebradas por la leyenda nacida en una lluvia de meteoritos hace 6000 mil años.

Carlos III, Belgrano, Sarmiento, Roca y otros pesos pesados históricos, aparentemente disímiles, aparecen en la huella de la pieza cósmica más famosa del siglo XIX. El Mesón de Fierro. Hace miles de años un “fuego grande” consumió una franja de más de mil kilómetros en los límites de las actuales provincias del Chaco y Santiago del Estero, y los pueblos originarios dieron un sentido sagrado a Campo del Cielo, “Pigüem Nonraltá”. Árboles de metal que iluminaban la noche y que fueron objeto de codicia de extranjeros y criollos en los últimos siglos. Hoy protegido en el aérea de mayores impactos de meteoritos, una rareza en el mundo debido a la profusión de cráteres,  a pocos kilómetros de Gancedo, Chaco, en la Reserva Natural Cultural Pigüem N´Onaxa, aún faltan piezas de aquella enorme lluvia estelar. Y no solamente las miles que han sido saqueadas, algunas en el Museo Británico o en el Museo de Viena, sino el premio mayor. El Mesón de Fierro. Ese que hizo que decenas de conquistadores mueran en el Impenetrable, que el primer gobierno patrio se preocupe por ubicarlo a fin de fabricar sables y pistolas, y que la provincia de Santiago del Estero entre 1873 y 1937 recompensara con dinero y tierras a cualquiera que entregue “una muestra del fierro y un derrotero exacto que conduzca al punto en que él se encuentra” Algo que parece difícil, reconstruyendo la historia, porque la avaricia en 1783 terminó de enterrarlo definitivamente en algún paraje indeterminado, cercano al Pozo de Otumpa. A propósito, Otumpa significa endiosar en la voz chiriguana.

 

 

El Culto del Fuego fue uno de los más importantes de la América precolombina. Más de cuarenta naciones indígenas, desde las márgenes del Río Paraná a las llanuras de Santa Cruz -Bolivia-, convergían un día al año a “un maravilloso árbol que se encendía a los primeros rayos solares…tañían cien campanas…todos se inclinaban en reverencia y adoración al Sol”, acotaba el escritor santiagueño Antenor Alvarez. Incluso peregrinaban desde Quito y Lima adorando a Inti, el dios Sol, solar litúrgico en este alejado punto de la selva chaqueña-santiagueña, Otumpa. No solamente los indígenas llamaron Campo del Cielo al enclave, rodeado de frondosa vegetación y animales salvajes, sino que también para toda la región tenían el nombre de Chacu, que significa multitud de naciones. De la rica cultura nativa se desprende las grandes diferencias en las explicaciones míticas del fenómeno, que iban desde identificar al meteorito como un gran pájaro de fuego, el pájaro de los dientes resplandecientes de los pucos; a un encuentro íntimo entre la Tierra y el Sol que había engendrado la vida, en la versión de los abipones. Es destacable que ninguna tribu americana sostenía que los 840 mil kilos de piedras siderales, según los últimos cálculos, y que impactaron en un área de 20 mil kilómetros cuadrados en Argentina,  provenían del planeta. Los europeos recién lo admitirían, la existencia de los meteoritos, en el siglo XIX. Incluso en 2013 el científico Steven Benner afirmó que la existencia terráquea comenzó en el impacto de un meteorito venido de Marte, aquellas gotas sagradas que los quom veneran desde milenios como símbolos de fecundidad.

Los primeros españoles que se cruzaron con los rebeldes del Gran Chaco Gualamba, como también lo llamaban durante el imperio inca, se sorprendían con flechas de punta de hierro. Sabían que las minas próximas se hallaban al menos a 500 kilómetros. Así que empezaron a tejer fábulas del origen que nada tenían que envidiarle a las leyendas del Rey Blanco o la Ciudad de los Césares. Ni un siglo había pasado de la llegada de Colón al Caribe y el gobernador de Tucumán, Gonzalo de Abreu y Figueroa, en 1576 inscribe primero el apellido en la búsqueda del Mesón de Fierro de más de cuatrocientos años, sin fin.Más allá de los poderes mágicos al español, como pasaría hasta bien entrados el novecientos, interesa el hierro, vital en armas y utensillos, y que costosamente el imperio importaba vía Panamá. El capitán Hernán Mexia de Miraval junto a ochos soldados guerrea con los chiriguanos, los habitantes y custodios de Otumpa, y rescata algunos trozos, que el herrero Juan Carmona utiliza para labrar tornillos y clavos de herrar. Uno años después, Pedro Sotelo de Narváez, declara que “en el paraje -de Otumpa- se ha descubierto un pedazo de fierro como un cerro pequeño del que se ha hallado algún grano rosado y es amoroso (sic) de labrar”, siendo el precursor de la idea de que la piedra se enraizaba a la tierra (sic). En 1630 el gobernador de Santiago del Estero, Ledesma y Valderrama,  encandilado por los supuestos poderes sobrenaturales de la roca, intenta la expedición pero es abortada por falta de recursos. No sería el único de las autoridades colonias, ni tampoco criollas. Esa región en particular fue una de las más exploradas cuando la Patagonia era terra incognita, más de setenta misiones, en parte responsabilidad de la roca estelar cuya fama inundaba las cortes europeas.