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En el mismo papel: la historia detrás de la Casa de Mar de Clorindo Testa

Este suceso surge a partir de una breve esquela que el arquitecto surfista Ezequiel Rivarola le escribe al genio Clorindo Testa. Todo lo que luego acontece deja como legado un gran aprendizaje de vida y un objeto arquitectónico de características únicas: la Casa Pontoporia en Mar del Sud.

Conocimiento
Casa Pontoporia

Por Mariela Marino

Hacia el año 2004, mi amigo, el arquitecto surfista Ezequiel Rivarola, tuvo el sueño de diseñar y construir una casa-taller para él, su esposa y sus futuros hijos. Esta debía estar frente al mar, sobre el acantilado, donde pudiera sentirse parte de la naturaleza, en la cual la playa fuera su jardín y la tabla de surf resultara más indispensable que la reposera.

A falta de terrenos así en su amada Miramar, se aventuró quince kilómetros al sur. Con la mochila cargada de arquitectura e ilusiones compró, entonces, un lote a Rocas Negras como para quedarse para siempre. En la zona, que es confín más austral de Mar del Sud, conviven médanos y arroyos, lomadas de campo y algunas vacas, sembradíos del color del trigo y muchísimas leyendas. Se trata de un sitio extremo, a contar no solo por su situación de borde sino también por el paisaje circundante y el clima. El viento es intenso. El suelo es de un pedregullo grueso. No crecen árboles por iniciativa propia. Los pocos que hay son foráneos y se ven torcidos, asimétricos y doloridos. Pero hay pasto que termina justo al borde de un acantilado alto y a los pies de este se extiende una playa angosta y solitaria. De noche, el cielo de esta postal se ilumina al completo gracias a las estrellas exclusivas y a la blanquísima espuma atlántica.

“El mar como lugar”

La idea del mar como lugar no era de su propia invención pero respondía a la convicción de identificarse con uno de los elementos más fabulosos presentes en la naturaleza. Para su casa quería que las olas se sintiesen en todos los rincones: que la textura del salitre se adhiriera a los revoques, que el murmullo de la orilla fuera el susurro que despertara, un día, a sus hijos en las mañanas de verano, que las toninas, al saltar, quedaran enmarcadas en los paños de los ventanales y que las infernales sudestadas salpicaran las persianas de los guisos y las siestas.

Los primeros tiempos luego de la compra del terreno, el proyecto de la casa era una especie de sana obsesión que plasmaba en algunos croquis, en anotaciones de todo tipo, en conceptos, volumetrías, disposiciones y colores. Iba y venía con mil y una ideas que no llegaban a ningún sitio. Ninguna lo terminaba de enamorar. Dejaba pasar los días y empezaba de cero a enfrentarse con el dilema del papel en blanco. Recurría a todas las prácticas conocidas para poder ir gestando su proyecto pero todo caía en saco roto. Definía fachadas principales, aperturas, programas de necesidades, se tomaba de las normativas, combinaba estilos, relaciones de llenos y vacíos, de fondos y figuras pero nada lo conformaba. Las múltiples ideas que se le caían se desintegraban ni bien tocaban el papel.

Volvé la semana que viene

Aun cuando siguió estudiando y trabajando denodadamente en esta empresa, dos años después de infructuosos intentos reconoció que él solo no podía con esto. Semejante “fracaso” no le causaba ninguna gracia. Se cumplía esto de “en casa de herrero…”.

Pero, luego de haber tocado fondo se le ocurrió una loca y gran idea. En pocos días tenía que ir al estudio de su admirado arquitecto y artista Clorindo Testa a comprar unos cuadros para un cliente. “¿Por qué no dejarle una carta escrita al maestro y contarle mi dilema? ¿Por qué no hacerle una propuesta?”, se preguntó. No tenía nada que perder; por el contrario tenía mucho para ganar pero esto aún ni siquiera podía imaginarlo.

Hacia el final de la misiva Ezequiel lo convocaba a que le cotizara la ejecución de un anteproyecto para su casa sobre el mar. Evidentemente la imploración que se olía entre líneas caló hondo en el maestro porque pocos días más tarde lo citó en su estudio.

Así lo esperó Clorindo en el primero de los muchos encuentros que tuvieron: con los anteojos redondos puestos como vincha, vestido de traje, detrás de un escritorio enorme lleno de marcadores, maquetas, blocs de hojas grandes todas dibujadas en grafismos superpuestos y trazos gruesos. Luego de las presentaciones del caso, las necesidades, los presupuestos y condicionantes, Testa comenzó a pensar en voz alta, sugiriendo ideas, implantación, volumetrías, programa, materialidades. Ezequiel, para entonces, se había convertido “en el mejor alumno”: anotaba todo, repreguntaba, sacaba el jugo de cada una de los pareceres que el hombre, a toda velocidad creativa, iba enhebrando con arte y lucidez.

Volvé la semana que viene que voy a tener un anteproyecto de lo que debería ser, para mí, tu casa. Y decime: ¿qué sos de Rivarola, el arquitecto?

Soy el sobrino. Él es primo de mi papá.

La semana siguiente Ezequiel pudo ver ante sí cómo Testa volcaba sus ideas sobre el papel.

 

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Y olvídate de eso de pagarme

Mirá, creo que tu casa debería ser así. Por lo pronto, dos volúmenes diferenciados: uno más adelantado sobre el mar para tu casa propiamente dicha, y el otro, más atrás, para habitaciones de huéspedes y taller o eventualmente para alquilarlo como módulo independiente. Una casa divisible, con un espacio fuelle en el medio y medios niveles para ganar visuales.

Clorindo hablaba y dibujaba a la vez. Rápido, seguro. Dos cuadrados en planta, el de adelante girado, paralelo al acantilado y el otro ortogonal respecto del terreno. Repentinamente cambiaba de colores y, en forma superpuesta, dibujaba otras capas de información, todas en un mismo bloque… Y algo más allá, las vistas y un corte para ver la caída del techo y la entrada de luz y más abajo unas volumetrías distintivas, un trazo  rotundo para el acantilado y una onda sutil para el mar.

Andá, dibujá todo en escala y venite en dos semanas así después lo seguís solo. Y olvídate de eso de pagarme. De ninguna manera te voy a cobrar. 

La relación fue creciendo en cordialidad y confianza. Lejos de desentenderse del proyecto de la casa, Testa seguía fomentando los encuentros y las correcciones. Rivarola, en sintonía, seguía acudiendo ávido de cada enseñanza que aquel pudiera impartirle. Hasta que el proyecto estuvo redondito y era momento de comenzar a construirlo.

La obra

Un año más tarde, la primera etapa de la casa estaba concluida. El esqueleto puro de hormigón fue perdiéndose por detrás de unos muros de cerramiento que lo fueron cubriendo todo, armando la volumetría básica, la del cubo, la que marcaba la ley, el amarre a la tierra; y por los anexos más pequeños, los volúmenes accesorios, girados que constituían la excepción a la regla, la ruptura, las aletas que el pez necesita para fluir en el agua. Solo faltaba darle color y llenarla de nuevas vivencias.                                                           

Un día cálido de noviembre,  Ezequiel se metió al mar con la tabla. Alejado de la orilla vio la casa a contraluz del sol poniente, entrecerró los ojos y la imaginó tal como la había dibujado para el cartel de obra: blanca y azulina. Al otro día, cuando despertó arrullado por la espuma de la orilla y los pasos de las gaviotas en la arena, completamente entumecido y completamente feliz, entraron los pintores.

 

 

Al maestro con cariño

Pocos días después, Ezequiel Rivarola le llevó a Clorindo una publicación anillada con toda la bitácora de la obra a modo de obsequio. Esta incluía, además de una dedicatoria plena de gratitud, todos los croquis originales del maestro. Habían pasado cuatro largos años entre la compra del terreno y ese momento. A raíz de este encuentro, y como para no olvidar nada de lo vivido, esa noche Ezequiel escribió parte del diálogo que tuvieron ese último día:

–…

–Bueno, Ezequiel, te quedó linda la casa.

–Sí, pero queda pendiente el viajecito para que la veas.

–Bueno, bueno –dice como para conformarlo.

–Me voy, no te robo más tiempo, Clorindo.

Al irme, giro desde la puerta para saludarlo y veo que levanta la mano desde su escritorio, despidiéndome. Cierro la puerta y mi corazón empieza a latir nuevamente, no por nervios, sino porque no sé si lo volveré a ver. Y eso me entristece.

+ info

Proyecto: Casa Pontoporia

Autor: Clorindo Testa, Ezequiel Rivarola

Localización: Mar del Sud, provincia de Buenos Aires

era-arquitectos.com.ar

 

Imágenes: Era-arquitectos

Fecha de Publicación: 03/12/2023

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