¡Escribí! Notas de Lector
Ir a la secciónBuenos Aires - - Martes 06 De Octubre
"Oficios eran los de antes" diría mi viejo que todo lo añoraba.
En esta segunda entrega te dejo a algunos que eran oficios de verdad más que trabajos de vendedor ambulante. Lo que no tiene nada de malo; solo que era distinta la cosa. Todos podemos realizar nuestra tarea con amor y dar un poco más sea lo que sea que hagamos. Pero los oficios tienen eso de necesitar cierta sabiduría que normalmente se alcanza con amor por lo que uno hace más mucha dedicación y aprendizajes.
Arranco por el Organillero. Casi te digo antecesor del artista callejero. Un señor que se ganaba la vida con la música que salía de la “máquina” que transportaba: un órgano de tubos que tocaba melodías automáticamente. Algunos cantaban y otros llevaban a un monito tití arriba de la máquina en cuestión que les entregaba unos papelitos enrollados a los chicos con frases o suerte. En una variante de la galleta china a la argentina. El Organillero trabajaba “a voluntad” o “a la gorra”. Este noble oficio hasta tuvo un tango dedicado en la época en que estos señores con o sin monito andaban por plazas y paseos: "El último organito".
Uno que todavía resiste es el Afilador. Aunque gracias a los utensilios nuevos, pequeños, eternos, mucho más fáciles de usar que la Chaira del carnicero y con menos riesgo a rebanarte un dedo en el intento, están perdiendo mucho terreno.

Hubo uno exclusivo de las ciudades porque requería de un edificio para desarrollarse y era el de Ascensorista. La automatización los dejó sin trabajo en forma abrupta y después de décadas. Originariamente los ascensores tenían un gran comando a manija tipo joystick desde donde se controlaba el ascenso y descenso. El Asensorista era el único autorizado a manejarlo y guay de que quisieras quitarle la tarea. Por poco te trompeaban aunque fueras menor. Además los conductores, a veces señoras, abrían y cerraban las puertas “tijera” a la gente. Porque los ascensores no tenían puertas que sellaran como ahora. Entonces podían producirse accidentes. Detenerlo en cada piso era "a ojo" y la exactitud dependía de la destreza ganada con el tiempo. Al principio les sumaron las botoneras que conocemos ahora, solo que el ascensorista digitaba el piso. Pero ese fue su fin y fue bastante rápido salvo en algunos edificios públicos. Seguro hay más de uno ubicado en algún edificio notable que aun conserva a los ascensores originales y sus gallardos ascensoristas.
Y hay uno que es universal. Digo “es” porque aun hay una rama que subsiste. Me refiero a la Telefonista. Al principio, esas mujeres que fueron fundamentales por ejemplo en la Primera Guerra Mundial, trabajaban en una gran consola con cables a la vista. El teléfono no tenía números. Levantabas el auricular del soporte del aparato (el micrófono estaba en este soporte) y girabas una manivela. Te atendía en algún momento la Telefonista (u Operadora) y ella enchufaba el cable con el que recibía tu llamada en una ficha y digitaba el número al que vos querías hablar y así se comunicaban las personas. Ella podía escuchar todo lo que vos decías y aunque estaba prohibido la gente hablaba lo imprescindible por las dudas. Nada de “Te quiero mi cuchi cuchi”. Después llegaron las centrales automatizadas y estas mujeres pasaron a vehiculizar solo las llamadas de larga distancia e internacionales. Y si hoy en día llamás desde un teléfono fijo al 000, te va a atender una comunicarte con un fijo en otro país. Así de loco está el mundo.

El Linotipista. Agarrate Catalina. Muy brevemente, era un señor que trabajaba en un diario o en una imprenta. Eran varios a la vez, en realidad porque era un laburo de locos. Su labor consistía en manejar la Linotipo. Un molde que se completaba a su vez con moldecitos que remataban en una letra cada uno. Así se formaban las palabras de a una a la vez y las oraciones. Línea de texto por línea. Hasta armar la página completa. O sea que se armaba cada palabra letra a letra. Cada línea de texto individualmente. Y así cada página. Ese molde después se lo pasaba por un rodillo con tinta, se lo colocaba sobre un papel y se imprimía presión (de ahí el nombre) y quedaba “impresa” la página.
Maravillas de un mundo que parece lejano y primitivo pero era el que vivieron nuestros padres y abuelos. Todo más artesanal, a pulmón, más detallado, más lento. Todo reemplazado por la tecnología en nombre del progreso.

Imagen: InfoFunes / AGN
Fecha de Publicación: 23/07/2023
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