¡Escribí! Notas de Lector
Ir a la secciónBuenos Aires - - Miércoles 09 De Septiembre
Cuando se llega a la ciudad mediterránea de Alta Gracia emerge una estructura de aires imperiales. Como en las antiguas leyendas, que los reyes dedicaban palacios, mausoleos y jardines a sus amadas, en la Argentina, a falta de sangre azul, nos hemos arreglado para contar nuestras propias variantes telúricas. En 1936 se inauguró, casi en simultáneo al Obelisco porteño, una de las estatutarias mortuorias más fastuosas de la humanidad, con sus 82 metros de altura. En forma de ala de avión, rememorando al fatal Chingolo II, apenas un carozo de pino con alas y motor, se erige el recuerdo para la eternidad de Myriam Stefford, construído por su marido, el polémico multimillonario Raúl Barón Biza. Y al igual que las tumbas faraónicas ha sido sucesivamente profanado, con los cuentos de joyas dignas de Indiana Jones, y hoy es apenas una ruina que necesita que nos ocupemos, nos agrade o no, de nuestra historia.
Ocurre que la figura de Raúl Barón Biza, uno de los tantos ricos argentinos que derrochaban el trabajo nacional a principios del siglo pasado, los que hablaba de “tirar manteca al techo” mientras el país se sumergía en un profundo atraso económico y social, no es santo de ninguna devoción. Más relevante por su vida que por sus acciones, más allá de algún mérito literario, Barón Biza quedará en los anales por sus mujeres. De la segunda, Clotilde Sabattini, a quien desfiguró con ácido en 1964, y que inspiraría mareas verdes, ha quedado mucho registro -recomendamos la excelente ¿novela? del hijo, Jorge Barón Biza, “El desierto y su semilla”- pero de Myriam recién en los últimos años se ocuparon periodistas y escritores.
Myriam que no era la autopercibida baronesa europea sino la humilde hija de un fabricante de chocolate de Berna, Suiza. Dueña de la belleza a tono con los liberales Años Locos, y atrás su verdadero nombre de Rosa Martha Rossi Hoffmann, inició una incomprobable carrera cinematográfica que la conectaría con Barón Biza. en alguna fiesta interminable de Venecia, a fines de los veinte. Casados inmediatamente con un festejo descomunal en Recoleta,y seguido a todo trapo en la estancia cordobesa de los Barón Biza, la pareja eran la imagen perfecta de la impunidad asociada con el dinero de la Década Infame.
El límite resultó el cielo. Más bien la tierra de Marayes, en San Juan, donde se estrelló Myriam con apenas algunos días de práctica profesional, junto con su instructor Luis Fuchs, en 1931. El plan era recorrer junto a Raúl catorce ciudades argentinas entre Buenos Aires y Río de Janeiro pero en Jujuy quedó el plutócrata. Y eso agrava a la postre la sospechas ya que el rumor de Myriam y Luis es que eran amantes. No ayuda mucho en el cuadro lo que haría Raúl a Clotilde tres décadas más tarde. Así y todo, culpa, remordimiento, o qué, Barón Biza haría levantar un monolito allí mismo en San Juan, lugar de la muerte de su esposa, y que se perdió en medio de la nada.
Cuatro años después retoma la idea de homenajear a su amada a la grande. Y en la estancia familiar de Los Cerrillos encarga al ingeniero Jorge Wainstein y al artista tucumano Juan Carlos Iramain, un colosal mausoleo. La estatua en las alturas sería “una mujer alada, semisentada, con el brazo izquierdo doblado y su derecho en alto… el trofeo de una carrera por el circuito que lleva su nombre, con una altura de 70 centímetros, fundido en plata e incrustaciones de oro”.
Este proyecto, señala el investigador del Conicet Carlos A. Page, no se concretó finalmente, por motivos desconocidos, y a mediados de 1935 finalmente Barón Biza se decide por el proyecto de Fausto Regino Newton -uno de los nombres de los pasajes subterráneos debajo del Obelisco, seguramente porque también del Barón Biza eran los emprendimientos comerciales en los cuarenta-.
“El monumento se levantó sobre un cerro bajo con una vista imponente. Es un faro con forma de esbelta ala de avión que culmina con una luminaria que en su tiempo se podía ver a 60 km de distancia”, escribía Page en la revista Hábitat en 2014, “Se accede por el sur a través de una gruesa puerta de hierro (hoy sellada) con el nombre inscripto de “Myriam Stefford”. Al ingresar se encontraba un óleo de la homenajeada que antes estaba en la estancia. Luego, una estrecha escalera de caracol se eleva por el interior de la torre, conduciendo a dos pequeñas ventanas, una a mitad de camino y otra al final del faro, como miradores de las extensas tierras de Paravachasca. También una delgada cruz ahuecada del mismo lado que la puerta, visible desde el exterior, proyecta la luz del atardecer estival sobre la cripta.
El esbelto volumen está formado por 170 toneladas de hierro y hormigón que apoya en el sepulcro, en donde se inscribieron dos anuncios que lo preceden, el primero es un pedido: “Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que, en su audacia, quiso llegar hasta las águilas”, el otro una advertencia: “Maldito sea el que ose profanar esta tumba””. En la actualidad, al igual que la estancia aledaña que funcionó de escuela, se encuentran en estado de abandono y profanación; haciendo imposible subir los 444 escalones de “El Ala” que maravilla al mundo, el mayor mausoleo del país. Ala que espera levantar de nuevo el vuelo que solo brinda la memoria colectiva.
Imagen: Billiken
Fecha de Publicación: 19/04/2025
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