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El calentador Primus

No cabe duda del protagonismo que tuvo el “Primus” en todos los hogares de clase media y pobre

El calentador “Primus” llegó a nuestro país en las primeras décadas del Siglo XX y cumplió un papel importantísimo en la vida familiar. Se constituyó en un artículo infaltable en todos los hogares porteños. Originario de Suecia, estaba construido en bronce; tenía 3 patas de hierro y era alimentado a kerosén. Los había de tres tamaños: pequeño, mediano (el más usado) y grande. Era infaltable en la cocina. Las amas de casa lo adoptaron inmediatamente porque reducía el tiempo de cocción de los alimentos y muchas lo lucían orgullosas después de bruñirlo prolijamente. También se lo utilizó como estufa y se acostumbraba colocar en una ollita agua y algunas hojas de eucalipto, con el objeto de aromatizar el ambiente o, en los casos de resfrío, inhalar los vapores cubriéndose la cabeza con una toalla. Un aspecto interesante era el procedimiento de encendido, que muchas veces se convertía en una auténtica proeza. El combustible utilizado para encenderlo era alcohol de quemar, que se vertía usando una alcuza con un pico vertedor y se procuraba no desbordar la canaleta circular que rodeaba el mechero. Antes de consumirse totalmente el alcohol, y lograda la temperatura adecuada, se bombeaba el kerosén, generando en su interior la presión necesaria para impulsarlo por el mechero. Al tomar contacto con las llamas de la canaleta, se encendía el artefacto, que emitía una llama azulada. En muchas ocasiones, cuando la temperatura obtenida no era suficiente, al bombear el kerosén se volatilizaba sin encenderse, provocando una humareda descomunal, lo que obligaba a reiniciar el proceso. A veces se presentaban inconvenientes cuando se tapaba el mechero, debido a impurezas del kerosén. En este caso se recurría a una pequeña aguja montada en una pieza de metal, que se introducía repetidamente en el mechero hasta lograr destaparlo totalmente. No cabe duda del protagonismo que tuvo el “Primus”. Era común verlo en todos los hogares de clase media y pobre. Ubicado sobre una mesa, cajón o banco, llegó a ser el servicio más eficiente dentro de la cocina porteña, ya que cocinaba más rápido que la hornalla a carbón. Además solucionaba los problemas de las habitaciones de los conventillos, que estaba obligados a dormir y cocinar en un único ambiente.

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