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Carnaval y Tango porteño en la mirada de Enrique González Tuñón

En el centenario de “Tangos”, el seminal libro de cuentos del escritor Enrique González Tuñón, fragmentos de “Tus besos fueron míos”, el carnaval en tiempos de mireyas y malevos

“El baile era una ebullición de alegría. Luces multicolores dispersaban puñados de confetis sobre la mascarada escandalosa de sensualidad. El tango se enroscaba como una boa al cuerpo de las bailarinas, que, sufridas de encantamiento, dejábanse aprisionar. O bien el jazz-band, con su música de negros, desorganizaba los nervios y estallaba en un aturdimiento exacerbado. Afuera, la noche diluíase lenta, dejando caer…” en un pasaje de los cuentos que “el más lírico de los reos porteños”, Enrique González Tuñón, dedicaba el Tango en sus diversos ambientes y aves de la noche de los veinte. La alegría y la angustia del suburbio quedarían eternos en “Tangos” que fue editado en 1926, el año clave de las letras, los doce meses de las novelas que cambiaron la literatura argentina con “El juguete rabioso” de Roberto Arlt y “Don Segundo Sombra” de Ricardo Güiraldes.

Hermano del poeta Raúl González Tuñón, nacido en Cosquín, Córdoba, en 1901, fue Enrique un iconoclasta que vivió en los límites de la vanguardia moderada del Grupo Florida y la sensibilidad social del Grupo Boedo, colaborando en las redacciones y mesas de cafés de ambos. Periodista de Crítica y Noticias Gráficas es un precursor del periodismo literario que devendría en el nuevo periodismo de los sesenta. Su gran momento llegaría en 1932 con “Camas desde un peso”, el alegato de la miseria y la desesperación de los treinta de la Década Infame, en su particular estilo híbrido de novela y cuento. Falleció en 1943 siendo uno de los guionistas de cine más solicitados de la industria e intachable representante de los intelectuales anarquistas.   

Volvió una noche de Carnaval

En este rescate González Tuñón sintetiza magistralmente en Parque Patricios el choque de culturas y corazones de la cosmópolis naciente, que se moldeaba moderna a los mazazos. Y lo hace en la figura burlesca y patética del clásico de los viejas murgas rante -lunfardo, persona holgazana-, el Oso Carolina. Personaje infaltable de las maromas populares, al igual que los estandartes, los cabezones y los tonis, era un hombre disfrazado de oso que resultaba llevado, cadena mediante, por el domador. Había sido impuesto por un italiano de La Boca que, vestido él de oso, ganaba seguido los primeros premios en los concursos del diario La Prensa hacia el 900.

Amor, pasión, lunfardo, traición y desarraigo de las horas de melancolía del sentimiento triste que se baila una noche de Carnaval que el guapo de cuchillo y bufoso Pibe Alvarado volvió al rioba -barrio-. Solo, escribe Enrique González Tuñón. Ella no volverá, jamás, incendiada por las Luces del Centro.

El Oso Carolina

“El Carnaval apareció en el suburbio vestido de arpillera. Una murga rante, constituida por los herederos del compadraje, le salió al encuentro redoblando en las latas vacías una copla picaresca aprendida en el baldío.

El Parque de los Patricios, lujoso de bujías multicolores, despilfarró confetis y serpentinas ante la broncínea imperturbabilidad del prócer Monteagudo, junto a cuyo pedestal, aprovechando el vacío de guardianes, los pilletes de los alrededores violan las disposiciones municipales.

En el marco de la puerta añadióse la figura de los viejitos del fondo que, después de muchos años de ostracismo, quisieron correr la ventura fantástica de admirar el paso del Carnaval… y el enfermo de la pieza de arriba se asomó también, porque ya que la muerte le rasgaba los pulmones era bueno sonreírle a la vida.

El molinillo de la matraca sacudía la angustiosa serenidad del barrio, la cansada quietud del suburbio, donde los pobres rumian su miseria.

La pebeta más linda de Chiclana paseó el asombro miliunanochesco de sus collares baratieri y el colorido chillón de sus moñitos que disimulan el cotidiano traje de sedalina.

Antofagasta, Ambato, Pepirí…Boulevares mistongos del arrabal, contorsionados como el bandoneón que estruja un tango, sollozando una congoja.

Calles maltrechas, atechadas de azul, con muchas goteras de estrellas llorando sobre el fango y la sonrisa de Cenicienta de la Luna, proletaria de poetas.

Los reos de Antofagasta otorgan categoría a la murga, rodeándola en sus intermezos. Detrás, el Uso Carolina agita sus brazos pesadamente. El clásico Oso Carolina, que ha caminado tanto, sumiso a la cadena que le aprieta el cogote, acompasa el acorde musical de la murga y destine su grotesca careta con la llovizna del cansancio que moja su rostro.

Pepín, viejo Pepín que fumas las horas en tu cachimba, en tu boliche, donde la murga estacionó su alegría, mientras tu resignación republicana se amparaba en la mirada de Mazzini, perpetuada en un cromo, el Oso Carolina te dijo un dolor que conmovió tu alma mansa como un arroyo.

-¡Pepin! ¿dónde está Tina? ¿a qué no sabés dónde está Tina?

—¡Eh! ¡L'habiá andeto a da in paseyo!

—¿Un paseo? ¡Ah, sí! Pero, ¿a qué no sabés dónde está ahora?

—¿Perqué, ti bo di?

-Sos un ingenuo, geneize... tu fiya -N.dR. del portugués hija, filha- piantó en un Ford con el Pibe Álvarado, el mismo que vivía en concubinato con la grela Rosalía..."Ató sus pilchas, nerviosa, y se piantó del bulín" ... ¿qué?, ¿no lo querés creer? Mirá, si Mazzini, que la vio piantar hablara, te hubiera batido la cana.

Pepín, arrinconando su emoción en el pecho, quiso gritar, castigar al burlón, pero no pudo. Se desplomo sobre un banco, agobiado bajo el peso de la revelación del Oso Carolina.  La murga rante aprovechó su tragedia para escabiar de garrón y escabullir algunos atados de Barrilete. 

El Oso Carolina, agenciándose un tarrito de albayalde -N.dR. envase de antiguo cosmético-, dibujó burdos garabatos en el rostro del gringo, ausente en su drama.”

 

Imagen: Meer

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