¡Escribí! Notas de Lector
Ir a la secciónBuenos Aires - - Domingo 13 De Septiembre
Las costas norte de Massachusetts vivieron el terror y la persecución alentadas por hombres mesiánicos y poderosos en un combo letal de fanatismo y dinero. Y Salem desde 1692 es una mancha negra para la sociedad norteamericana. A miles de kilómetros de distancia la terrible Inquisición española, que se calcula asesinó a tres mil mujeres acusadas de brujería hasta el siglo XVII, también hacia estragos persiguiendo principalmente a mujeres negras e indias en las colonias americanas. Por ello fue absolutamente previsible que el distinguido vecino don Francisco de Luna y Cárdenas denunciara una mañana ante el alcalde de Tucumán, Miguel de Aranciaga, que su esclava Inés había causado la muerte de su padre y de dos hermanas "y ahora tiene postrada en cama a mi mujer, que se halla con muy pocas esperanzas de vida".
Sus acusaciones estaban avaladas por las investigaciones que había realizado el doctor Juan de Vargas Manchuca de validez científica como hervir un trozo de jabón ante la acusada y que se cuajara con "temple muy subido". Eso más otras pruebas como que Inés escupiera, bajo garrotazos y estiramientos mecánicos,
"guesitos... que parecían ser de sapo... y unos palos de yerva [sic] y otras inmundicias, votones de asahar [sic] que no se pudo determinar lo que eran”.
El primero de diciembre de 1703 acabaría en la hoguera, a las afueras de San Miguel de Tucumán, y sería la primera mujer acusada de bruja, tal vez la única, quemada viva en la Argentina.
"Ha tenido mala fama la dicha negra de pública hechicera" era otro de los argumentos legales contra la mujer, que había sido secuestrada de sus tierras en África por los traficantes ingleses y holandeses que comerciaban con los Corona española, de manera legal e ilegal, desde Lima a Buenos Aires. Vargas Manchuca mantuvo una prolongada charla a solas con la esclava y anunció luego a los esposos que el día siguiente a las ocho de la mañana doña Isabel estaría curada y acaso también don Francisco, ya que también él -aunque lo ignorara- se encontraba afectado por la hechicería.
Ante semejante testimonio el alcalde Aranciaga no dudó en poner en marcha el aparato legal para esclarecer los hechos y castigar a los culpables: ordenó apresar a la presunta hechicera, citó a Manchuca y lo hizo comparecer. El médico declaró que durante la entrevista la negra Inés le había confesado haber puesto "un viento" en la cabeza de su ama y otro en la espalda de don Francisco. Otra señora juró y rejuró que la esclava "había hechizado a la mujer del maestre de campo Simón de Ibarra", ya que "lavándole la cara a la difunta le brotaron espinas en la cara".
La esclava sufrió una horrible tortura, que era la normalizada por los inquisidores de la curia limeños, y confesó que el demonio le hablaba, se aparecía cuando ella quería y dictó una lista de los embrujados. Nada muy distinto a lo que se escuchó en Salem. Es notable que ambos pueblos además vivieran siempre el borde del ataque de pánico por el ataque de los pueblos originarios, acá los temibles calchaquíes, allá los tremendos mohicanos.
Ese clima de paranoia y dolor favorecía las acusaciones a fuerzas del mal invisibles en la aislada Tucumán, incluso varias indias -como Magdalena en 1721- sufrirían procesos de hechicerías a lo largo de ese siglo. Pero ninguna mujer americana sufrió el calvario de la negra Inés, que padeció el flagelante potro, quizá por el naciente despotismo ilustrado de los españoles, o la protección católica de los conquistadores. Así que la negra Inés -que era liberta aunque eso no la salvó- fue condenada
"a ser paseada por las calles públicas de esta ciudad, en una bestia la más abominable -burro- (...) y acabado dicho paseo la lleven al lugar del suplicio en lugar apartado por que no cause escándalo a la ciudad y allí sea encendida una hoguera y primero se le dé garrote y fenecida la vida sea puesto su cuerpo y arrojado al incendio donde sea consumido a la voracidad de las llamas"
En 1761 Lorenza y Francisca, nativas de la comunidad de Tuama, Santiago del Estero, fueron torturadas por brujería. La tortura fue atarlas con una soga de manera tal que colgaran del techo, mientras que de sus pies colgaron un pesado hierro. En esta posición se las interrogó y ambas murieron antes de la condena. Las indias fueron denunciadas por el alcalde indígena, quien aseguraba que habían enfermedado en su esposa. Otro paralelismo con Tucumán y Salem.
Analizados esos casos en la actualidad se asegura que, en su gran mayoría, las mujeres perseguidas por brujería eran indias y negras, quienes, “al practicar sus costumbres ancestrales, como adorar al Inka, fueron clasificadas por el aparato inquisidor como seguidoras del demonio”, y que casi ninguna repitió parece el destino trágico de la negra Inés. Sin embargo en los primeros años del siglo pasado aún se acusaba a mujeres de brujas o nigramantes, especialmente si eran inmigrantes pobres, y la revista Caras y Caretas daba gran cobertura a la clausura de locales de adivinación. Y el miedo al distinto, acecha, continúa.
Imagen: Museo Palacio Dionisi
Fecha de Publicación: 01/08/2025
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