¡Escribí! Notas de Lector
Ir a la secciónBuenos Aires - - Martes 06 De Octubre
Tengo que confesarlo: no se nada de arte. Es más: no comprendo a la gente que se emociona al ver un cuadro; menos, una escultura. He tenido una novia artista, tengo un amigo artista, otra amiga artista, y conozco a varios más. Charlé varias veces sobre arte con ellos tratando de entender por qué no me pasa lo mismo que a ellos y millones de personas. Ojo: puedo conmoverme con los hiperrealistas, la escuela de países bajos, principalemente, pero desde que entiendo el laburo que significa hacer una obra de arte que más parece una foto.
Esto lo digo solo porque la única manera que yo escriba sobre arte es presentar un lado no "entendido". Y ese es el costado de Klemm que te quiero mostrar.
Antes que nada, era un erudito en artes plásticas y había hecho canto lírico y artes dramáticas. Su vida era el arte. Y poca gente sabe que fue un importante mecenas (bancaba artistas). Tuvo una galería icónica en el microcentro y hoy su fundación sigue su huella.
Pero lo sensacional es que era un personaje total. No se si era que era checoeslovaco o que tenía tan compuesto ese personaje que eso parecía. Lo crucé alguna vez en la noche y era igual que en la tele. Claro que eso no es conocerlo. Así que solo voy a hablar de lo que mostraba públicamente.
La peluca era la solución a un grave problema ocasionado por la policía en los años de la dictadura. Pero no se iba a poner una disimulada, no. Elijió una que lo gritaba. Esa era su personalidad: no pasaba desapercibido ni en un circo. ¡Chapeau a esa actitud! Alguien dijo alguna vez que Federico era "el Andy Warhol argentino". Quizá por el parecido capilar; quizá por algunos retratos de famosos locales que hizo...
Allá por los '90 explotó su fama y hasta tuvo un programa único, como no podía ser de otra manera. El glamour y la belleza como temas irreductibles, con la magia de hacerlo desde un decorado vacío, blanco, pelado (lo que en cine se llama "infinito blanco"), que más allá de resolver con dos mangos, como correspondía al presupuesto de un canal de cable de la época, le ponía nervio, angelaba la estética que en cualquier otro caso hubiera sido una berretada.
Todo era surrealista, místico; el kitsch en su máxima expresión. En el kitsch todo es vulgar a propóstio. Pretendido. Nada simple. Y de ahú su mal gusto. Kitsh a propósito, como una forma de ser rebelde y romper estándares, imagino. Kitsch en su máxima expresión. Todo era en su máxima expresión y no tengo dudas de que Federico vivía en su máxima expresión.
Lo secundaba otro crítco llamado Charlie Espartaco. Dos personajes que se hablaban sin mirarse; los dos la vista en un supuesto horizonte detrás de cámara... A veces Federico hablaba a cámara y explotaba todo su histrionismo, gritaba poseído, como si declamara... una maravilla. Me hacía acordar a Federico Manuel Peralta Ramos, otro personaje fuori serie. Todo con ambos hablando cosas absolutamente inentedibles sobre obras de arte. Para mí, era absolutamente incomprensible cada metáfora que metían, cada análisis. Pero todo tenía tanto magnetismo, que me quedaba pegado a la pantalla hasta el final. Todo para mí era fascinante. Los vestuarios multicolor, medio Versace de Federico, versus el sobretodo negro y gafas de sol de Charlie. Los gritos de uno versus el monotono del otro. Ah: el programa se llamaba "El banquete telemático", por si te quedaban dudas sobre el glam y lo poco comprensible que digo que era...
Mis amistades artistas decían que sabía muchísimo de arte y los que lo entendían decían que no hablaba ninguna boludez. Inmortal, Federico.
Imagen: Indie Hoy
Fecha de Publicación: 27/03/2025
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